Israel Gutier

UNA SEMANA EN EL MOTOR DE UN AUTOBÚS

Bruno Lakkika

Tras un año recorriendo Asia en solitario, decidí que ya era hora de volver a España a ver a los seres queridos, disfrutar de una conversación en mi idioma en un bar con una tapa de jamón -del bueno- y sentirme una persona normal con sus obligaciones y quehaceres diarios.

Atrás dejaba aldeas aisladas en mitad de la jungla, islas paradisíacas de agua azul turquesa transparente en las que no existían carreteras y donde el único medio de transporte eran mis pies sobre la blanca arena, templos de monjes budistas que me dieron cobijo cuando no encontraba un lugar donde dormir, delfines bailando en la puesta de sol frente a mi cabaña de paja en una playa de Goa y larguísimos viajes en tren en India donde la vida y la muerte está separada por una fracción de segundo.

También conocí un cyborg perseguido por la CIA, policías que dejaron su trabajo para posar vestidos como sadhus frente a los turistas que buscan «esa foto» y me hice amigo de una niña que me apuntó por primera vez en mi vida con una pistola en Laos. La segunda lo hizo su hermano. Bailé en la calle música electrónica dicen que bajo los efectos de las drogas en una de las fiestas más importantes para la religión hindú y superé la prueba del pueblo con mas alcohol y opio del triángulo de oro donde los jóvenes viajeros se olvidan del lugar donde están, arriesgando su salud y seguridad por unos momentos de locura.

También me dio tiempo a aburrirme, pero eso no os lo cuento porque no tiene interés. El aburrimiento es igual aquí que allí, aunque como bien dijo Aldous Huxley «el verdadero viajero encuentra que el aburrimiento es más bien agradable que molesto. Es el símbolo de su libertad –su excesiva libertad-. Él acepta su aburrimiento, cuando viene, no como mero principio filosófico sino casi con placer”.

Israel Gutier

Me encontraba en Malasia y me dirigía hacia el autobús que me llevaría a Kuala Lumpur y de allí en avión hasta Madrid. Montones de recuerdos se peleaban en mi cabeza por conseguir el premio al mejor de todos y paralizaban la orden de movimiento a mis piernas, pero la lluvia monzónica hizo que ganase la cordura y se impusiese la necesidad de llegar a la estación a tiempo para no perder el transporte que me llevaba de nuevo a la realidad.

Mi vuelta suponía un alivio para mis seres queridos tras haber sobrevivido a una avalancha en el Annapurna, al enfrentamiento armado entre la guerrilla y el gobierno en el norte de Birmania, un atentado terrorista en Bangkok y a decenas de peleas frente a conductores de tuk tuk y corruptos oficiales fronterizos. Piensan que «aquí» estoy más seguro y tendré una vida larga y placentera, pero no saben, o no entienden, que dentro de mí fluye el deseo de conocer. 

Había vivido muchas situaciones que poca gente podría creer cuando las contase, pero según me acercaba al autobús me di cuenta que esas historias se acabaron, ya no habría más anécdotas que sumar en mi libro de «no te lo vas a creer».

Una vez llegué a la estación, el autobús ya estaba listo y la gente subiendo. Éramos pocos. Sentado pacientemente esperaba a que el conductor decidiese subir al vehículo y comenzar una última y larga etapa de este largo viaje. El aire acondicionado empezó a apoderarse de mi cuerpo. No era suficiente el chubasquero y el pantalón largo, necesitaba coger más abrigo. Bajé decidido a por la mochila en el maletero del autobús.  Estaba al fondo a la derecha, el acceso no era muy amplio y daba paso a ese pequeño, oscuro y húmedo espacio bajo los asientos. Repté, cogí la mochila y empecé a buscar la ropa que necesitaba para protegerme del frío.

En ese momento de felicidad en el que vuelves a tu zona de confort -la mía en ese momento era no pasar frío y descansar en un autobús- todo dio un giro de película. Oí un fuerte golpe y vi como la luz que entraba por el acceso al maletero se convertía en oscuridad. Habían cerrado la puerta conmigo dentro. Empecé a golpear enérgicamente el lateral del autobús, también el techo del maletero, pero no obtenía respuesta. El autobús arrancó. Y empezó a moverse. Yo estaba dentro sin poder creer lo que me estaba pasando. Seguí golpeando y dando voces pues no quería vivir 10 horas como un polizón, había pagado mi asiento y mi frío polar. Una curva a la derecha, otra a la izquierda, un frenazo y vuelta a golpear esperando que alguien me oyese. Inútil.

Decidí entonces, ayudado con la luz de mi móvil, colocar las mochilas de manera que al menos pudiese ir tumbado sobre algo blando. Me tumbé, me puse unos calcetines y un jersey, sonaban Los Planetas y empecé a pensar en que siempre puede pasar algo más.

Ahora he vuelto, o me he ido de nuevo, porque ya no sé si voy o vengo, y escribo desde esta cabaña frente a la playa donde 3 euros son suficientes para ser feliz. Aquí os espero.

Bruno Lakkika

ESCRITO POR:
Bruno Lakkika

Escritor, periodista y viajero que consiguió llevar a cabo el sueño de muchos de nosotros: vivir viajando.

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