Ruta mudéjar y sabor andaluz en un viaje por la Axarquía
La Axarquía es, quizá, uno de esos sitios donde vas “a ver qué tal” y acabas preguntándote por qué no habías ido antes. Pueblos blancos con nombres casi impronunciables, restos mudéjares por todas partes, bares donde todavía mandan las tapas de cuchara y carreteras que se retuercen entre viñedos, olivos y aguacates. En este viaje por la Axarquía mezclé Ruta Mudéjar, montaña, mar, tirolina, sopas contundentes, pasas y noches de tapeo que no tienen nada que envidiar a las grandes ciudades. Si quieres conocer más de la Axarquía, sigue leyendo.
Fotografías realizadas por Israel Gutier
La Axarquía, que va desde la costa al interior de Málaga, es una comarca donde los trazos mudéjares y moriscos conviven con sabores genuinos y con una naturaleza que sorprende. Decidí adentrarme en la Ruta Mudéjar, probar su gastronomía de kilómetro cero y dejarme llevar por la belleza y lo auténtico de pueblos como Sedella, Canillas de Albaida, Cómpeta y Torrox.
Este viaje incluyó aventuras como la tirolina de Comares, rutas de olivos milenarios en Periana y tapeo por Nerja, pasando por hoteles rurales y pequeños restaurantes donde el producto local es el protagonista indiscutible. Un viaje corto, perfecto para una escapada de tres o cuatro días, pero muy intenso, que se recorre bien en coche y aún mejor con hambre.
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Sedella y la Ruta Mudéjar
La primera parada fue el pueblo de Sedella, parte de la famosa Ruta Mudéjar que conecta cinco municipios donde la huella medieval y morisca perdura con fuerza. Sedella es pequeño, de casas blancas y calles estrechas, con un pasado agrícola basado en el trigo y la trilla. Cada esquina cuenta una historia, y el nombre del pueblo ha ido cambiando con los siglos, desde Xedala en época árabe a la denominación actual.
Aquí, sentarse en “El Chiringuito de Sedella” es viajar al origen de la cocina local. Pedí la famosa sopa de maimones, plato típico elaborado con ajo, pan duro y huevo, y la versión moderna con trufa, que mantiene la esencia, pero que sorprende por su intensidad y sabor delicado. El restaurante, gestionado desde hace décadas por la misma familia, es emblema de la comarca y, como sugiere la carta, invita a probar otros platos como el cordero lentamente cocinado o las croquetas cremosas caseras sin olvidar el embutido de la zona que es del bueno, del que no engorda.
Después de Sedella, la ruta sigue hacia Árchez, otro pueblo mudéjar lleno de rincones fotogénicos y poco transitados, donde respirar tranquilidad es casi obligatorio. La arquitectura recuerda el paso de distintas culturas y el ambiente rural permanece intacto entre antiguas tahonas y paisajes de sierra. Si quieres hacerte una idea del pueblo y su historia, te recomiendo que pares en el mirador desde donde tendrás una fantástica vista aérea.
Embalse de La Viñuela y los sabores de Málaga rural
Dormimos en el B bou Hotel La Viñuela & Spa, a orillas del embalse, con unas vistas que merecen pasar un rato contemplando lo que el hombre y la naturaleza pueden hacer juntos. El hotel es perfecto para vivir la Axarquía con calma, con estilo relajado y cocina que respeta el producto malagueño. La cena fue una muestra de la gastronomía local gracias a las alcachofas de la huerta, croquetas de jamón y salchichón malagueño, raviolis de berenjena con salsa mediterránea y queso Doromico, y confit de pato con salsa de frutos rojos para terminar.
Cada plato, bien presentado, demostraba que aquí la tradición es la base, pero la creatividad tiene espacio. El servicio fue atento y el ambiente combinaba aire rural con detalles modernos y una carta de vinos centrada en referencias de la zona. El hotel está bien situado para explorar los alrededores y como base para visitar pueblos cercanos como Canillas de Albaida o Cómpeta, hacia donde nos dirigimos el día siguiente.
La mañana del segundo día comenzó con una visita a Canillas de Albaida. Recomiendo dejar el coche en la entrada del pueblo, porque las calles son realmente estrechas y Google Maps puede jugarte una mala pasada. En la plaza del Ayuntamiento encontré una iglesia del siglo XVI, la Iglesia de Nuestra Señora de la Expectación, que sorprende por su solidez y la belleza de sus detalles mudéjares.
Quizá el edificio que tiene al lado le resta protagonismo porque es uno de los más bonitos que he visto en mucho tiempo. Su fachada debería ser patrimonio protegido. Merece la pena perderse entre sus calles encaladas y disfrutar de sus cuestas, calles decoradas y vistas de la sierra.
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Cómpeta, Torrox y la vida nocturna de Nerja
Cómpeta es sinónimo de vino Moscatel y rutas por la sierra Almijara. Es pueblo blanco, de origen fenicio y romano, con fuerte impronta musulmana. El ambiente es acogedor y su Plaza Almijara, rodeada de restaurantes y bares que podrían asemejarse a una pequeña Marrakech nocturna, invita a sentarse y probar las migas, otro plato tradicional de la zona. La Noche del Vino en agosto es cita obligada para los que visitan en verano la zona con catas, bailes y música en honor a los cultivos históricos. Será en otra ocasión.
En cuanto a Torrox, este pueblo destaca por su faro y el paseo marítimo. El faro, construido sobre restos de un castillo y torreones del siglo XIX, tiene unas vistas excepcionales al Mediterráneo y evidencia el pasado romano y árabe de la zona. El enclave fue punto estratégico para marinos y comerciantes, y hoy es lugar de encuentro para locales y visitantes.
El día termina en Nerja, que tiene una vida nocturna muy superior a lo que uno espera de un pueblo costero en esta época del año. La plaza Tutti Frutti y las calles aledañas rebosan de gente hasta bien entrada la madrugada, con bares, pubs y restaurantes llenos de ambiente, vinos locales y tapas gratuitas con cada consumición. El tapeo en Nerja merece su fama. Pescado frito, migas, albóndigas caseras y hasta flamenco en directo. Las terrazas abiertas hasta tarde aseguran que cada noche sea diferente y auténtica.
Comares, Periana y la gastronomía rural
Comares fue una sorpresa. Además del casco histórico, destaca por su tirolina, la más larga de España en anclaje natural, con 436 metros de recorrido y panorámicas espectaculares. Subirse es atravesar la Axarquía de un modo distinto, mezclando adrenalina, paisaje y turismo activo. El pueblo invita a pasear por sus miradores y plazas, rodeado de sierra y silencio. Todo un descubrimiento.
Ya en Periana la experiencia cambia y se hace más lenta y contemplativa. La ruta de los olivos milenarios permite ver y tocar árboles monumentales, algunos con más de mil años y troncos de más de cuatro metros de diámetro. Aquí, el olivo nace de acebuches injertados con verdial y cada ejemplar tiene formas únicas y caprichosas. El “olivo caracol”, premiado en 2018 por la Asociación Española de Municipios del Olivo (AEMO), compite en belleza con otros árboles retorcidos y vitales. La ruta guiada por los olivos monumentales es un viaje al corazón rural de Andalucía.
Como no podía ser de otra manera, tuvimos la oportunidad de disfrutar de un restaurante especial. Comimos en Finca Oasis Las Palmeras, donde la cocina casera es religión y la dueña prepara recetas de chivo y postres con un punto de magia. No sabría elegir un plato, pues su carta además es muy extensa, pero el chivo asado y los dulces son imprescindibles. Es de esos sitios a los que tienes que ir varias veces para probar todo lo que ofrecen.
Antes de llegar a Alfarnatejo hicimos parada en Alfarnate, uno de los pueblos de interior más curiosos de la Axarquía, encajado entre sierras y conocido por la histórica Venta de Alfarnate, considerada una de las ventas más antiguas de Andalucía y convertida hoy en restaurante‑museo de bandoleros, con calabozo incluido. Las calles son más llanas que en otros pueblos blancos de la zona y la plaza de la Constitución, con la iglesia de Santa Ana de estilo mudéjar y el viejo ayuntamiento porticado, conserva ese aire de cruce de caminos del antiguo Camino Real entre Málaga y Granada. Es un buen lugar para hacerse una idea de la vida serrana malagueña y cargar pilas antes de seguir hacia Alfarnatejo, ya en plena sierra.
Al llegar a Alfarnatejo hicimos parada en su famoso arco, ejemplo de arquitectura autóctona. Aunque no está completamente claro que sea mudéjar, sí muestra elementos de la mezcla cultural propia de la Axarquía. El pueblo conserva su encanto rural y es buen destino para realizar paseos sencillos y llevar una vida tranquila.
Tras un bonito viaje despidiéndonos de la sierra malagueña, que tiene unos picos realmente sorprendentes por su tamaño y estructura (en algún momento podrías pensar que estás en los Pirineos), por la tarde llegamos a Rincón de la Victoria, con sus acantilados y la vista inmejorable del mar. Comer pescaíto frito y dormir frente a las olas es siempre un buen cierre de etapa.
Almáchar, la pasa y el “cultivo heroico”
El viaje termina en Almáchar, donde el cultivo de la pasa moscatel sigue las técnicas tradicionales y heroicas en pendientes pronunciadas que recuerdan a los viñedos de Galicia. El oficio de “pasero” está en peligro de extinción, pero resiste gracias al esfuerzo de quienes mantienen el legado. Producir pasa requiere trabajar la uva en altura, seleccionar los racimos y secar en paseros, con tiempos y cuidados particulares.
La calidad es insuperable y el sabor diferente a cualquier otra fruta seca. Apuntamos la visita para el próximo año con la intención de ver a los paseros trabajando en directo, bajo el sol de agosto, así que habrá que combinarlo con unos días de playa. Málaga es única.
Antes de volver al AVE, o a tu siguiente destino si estás haciendo una ruta de la Axarquía más larga, la última visita fue a la fábrica de Sigfrido, referencia en producción y exportación de aguacates y mangos de máxima calidad. La explicación sobre el proceso de cultivo y recolección fue interesante y puso en valor la riqueza natural y la innovación agrícola de la Axarquía. Ver la evolución de la agricultura local y el éxito de productos tropicales fue un buen postre en el viaje.
La vuelta a Madrid tras estos días fue una reflexión sobre la riqueza gastronómica, paisajística y cultural de la Axarquía.
Hoy la Axarquía ya no es solo esa región blanca entre la sierra y el mar, sino el escenario de un viaje donde cada pueblo aporta personalidad y sabor. Me llevé la memoria de sopas intensas, tirolinas no aptas para personas con vértigo y noches con música y vino en terrazas frente al Mediterráneo. Desde los olivos que parecen esculturas vivas hasta las pasas cultivadas en laderas imposibles, pasando por el tapeo y el ambiente nocturno de Nerja, todo aquí invita a quedarse un poco más y descubrir la siguiente sorpresa.
Gastronomía, historia y aventura en un solo recorrido. Un consejo, traed hambre, curiosidad y la cámara bien cargada. Porque la Axarquía no se acaba en una visita, es una invitación a volver y seguir viviendo sus pequeños grandes placeres.
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