Una escapada tras los pasos del genio: Maestros Flamencos in situ
Si los cuadros hablaran, empezarían por contarte dónde nacieron. Eso es exactamente lo que propone la campaña Maestros Flamencos in situ: viajar a Flandes no solo para ver arte, sino para habitarlo.
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Durante tres días seguimos los trazos originales de Van Eyck, Rubens, Van Dyck y otros genios flamencos por iglesias, casas, hospitales y beaterios donde la historia sigue en las paredes. Un viaje que mezcla arte, arquitectura, cervezas trapenses, techos de madera, frescos que te miran y ciudades que laten. ¿Quieres ver cómo suena un pincel del siglo XV cuando lo escuchas en su origen? Ven a conocer a los Maestros Flamencos in situ.
La pintura flamenca no se explica, se experimenta. Y pocas formas hay más impactantes de hacerlo que siguiendo el nuevo proyecto de Turismo de Flandes, que propone una ruta artística tan ambiciosa como íntima: ver más de 100 obras maestras en su lugar original, tal y como fueron creadas y concebidas.
Iglesias que aún huelen a incienso, hospitales medievales donde Memling aún atiende a los pacientes desde sus trípticos, altares donde la luz entra con el mismo ángulo que hace cinco siglos… y ciudades menos conocidas que de pronto te detienen con una mirada pintada en óleo. La campaña Maestros Flamencos in situ es más que una ruta: es una invitación a mirar desde dentro.
Todas las rutas que esconde Flandes, para repetir o quedarse más días
Si algo enseña Flandes es que un viaje nunca es suficiente. La iniciativa Maestros Flamencos in situ propone nueve rutas distintas que atraviesan la región como pinceladas maestras, cada una con su personalidad. Puedes empezar por el mar, siguiendo a Ensor, Spilliaert o Delvaux en la ruta Maestros en el mar, o perderte en los campos y pueblos de Sint-Martens-Latem con la ruta Maestros junto al río Lys, donde la bicicleta es casi obligatoria.
Está también el Recorrido de Rubens en Amberes, para quien quiera entender al genio en su propio hogar, o el recorrido dedicado a Theodore van Loon, el barroco más luminoso. Lovaina ofrece la senda de los Maestros de la Imaginación, y en Malinas se descubre a Van Dyck, Coxcie o Faydherbe. Brujas tiene su propio laberinto flamenco, y en Gante aguarda el Cordero Místico. Incluso Cortrique, menos conocida, mezcla medieval y contemporáneo con naturalidad.
Para verlos todos, haría falta tiempo o varios viajes. O mejor aún, las dos cosas. Porque si algo queda claro tras pisar Flandes es que el arte aquí no es una visita, es una excusa para volver. Así que sí, toca volver. De momento, tendrás que darte por satisfecho con mi viaje de tres días descubriendo a los Maestros Flamencos in situ.
Malinas, arte entre conventos y cervezas
Malinas, o Mechelen para los flamencos, fue la primera parada de nuestra escapada. Una ciudad pequeña en tamaño pero gigantesca en patrimonio, que se despierta al viajero entre ladrillos rojos, iglesias centenarias y un ritmo de vida que todavía conserva la serenidad del pasado.
Empezamos la jornada en un lugar tan inesperado como fascinante: el Jardín de Invierno del Convento de las Ursulinas. Una joya modernista escondida en un convento de monjas, actualmente un colegio, donde el Art Nouveau explota en techos de vidrio, columnas florales y colores que convierten el espacio en un bosque encantado de cristal. Aquí la pedagogía se envolvía en belleza, y no es difícil imaginar que cualquier enseñanza, rodeado de semejante arte, debía calar más hondo.
Después de esta sorpresa, tocaba un paseo por el corazón de Malinas. La ruta oficial de Maestros Flamencos in situ nos guía por iglesias como San Juan Evangelista, que custodia un espectacular retablo de Rubens, o la imponente Basílica de Nuestra Señora de Hanswijk, una obra maestra barroca menos conocida pero imposible de olvidar. En cada templo, tienes una pincelada de historia; en cada capilla, una ventana al alma flamenca.
Para reponer fuerzas, paramos en Bokes & Co, un acogedor restaurante donde el café y los bocadillos (mención especial al salmón) saben a local. Y como la cultura flamenca también se bebe, la cena la hicimos en la cervecería Het Anker, famosa por su cerveza Gouden Carolus. Aquí, además de probar especialidades locales, dormimos en el hotel de la propia fábrica entre el aroma a lúpulo y la calidez de un alojamiento boutique.
Pero Malinas ofrece aún más. Quien disponga de tiempo puede visitar la majestuosa Catedral de San Rumoldo, subir a su torre (yo lo he hecho en dos ocasiones y sus más de 500 escalones por un angosto hueco exigen algo de condición física) y divisar toda Flandes desde las alturas, o perderse en su beaterio, declarado Patrimonio de la Humanidad.
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De artistas y castillos, el arte fluye en Sint-Martens-Latem y el río Lys
El siguiente destino fue Sint-Martens-Latem, a orillas del río Lys. A simple vista, un pueblo de postal con casas de revista y jardines que parecen competir en un concurso de belleza. Pero tras esa apariencia serena se esconde una historia fascinante que cuenta una historia de principios del siglo XX, cuando este lugar se convirtió en refugio de artistas flamencos que, atraídos por la calma y la luz del entorno, fundaron aquí la llamada Escuela de Latem (y provocaron al mismo tiempo una de las primeras burbujas inmobiliarias de la historia).
Armados con bicicletas eléctricas, exploramos el pueblo y sus alrededores (uno de los más caros de Flandes), descubriendo un paisaje que alterna arquitectura clásica y moderna, molinos restaurados y discretas galerías de arte. La primera parada fue el Museum Gevaert-Minne, donde se preserva el legado artístico de la zona, con obras y relatos de aquellos creadores que transformaron un pueblo agrícola en un hervidero cultural. Esencial para entender este movimiento.
La ruta continuó hacia el restaurante Auberge du Pêcheur, junto al Lys, donde embarcamos en un barco que nos llevó por el canal. El río, antaño arteria comercial gracias al comercio del lino, es hoy un escaparate de elegantes mansiones, cada una con una historia y un jardín que parece competir con el siguiente. A bordo, entre sushi de atún y hummus, el paisaje desfilaba como un cuadro impresionista.
Tras el paseo en barca, volvimos a las bicis en dirección al Castillo de Ooidonk, un castillo renacentista que mezcla la fortaleza con la elegancia palaciega. Sus torres y fosos parecen susurrar historias de nobles y caballeros, y su interior bien vale una visita para los amantes de la historia.
La última parada en bici fue Astene Sas, en el bar ‘t Oud Sashuis, una terraza junto al río perfecta para una cerveza artesanal mientras el agua sigue su curso. Aquí dejamos las bicicletas y cerramos la jornada con la promesa de que el arte flamenco también se vive pedaleando.
Ya en Gante, cenamos en el restaurante Du Progrès y nos alojamos en el Hotel De Flandre, un hotel boutique en el centro que combina tradición y confort, como toda esta tierra. Un fin de etapa como la de los ciclistas que tanto disfrutan en Flandes de clásicas: comiendo, brindando y descansando como reyes.
Gante, la ciudad que susurra arte en cada piedra
La mañana en Gante arrancó con una cita inexcusable: la Iglesia de San Miguel, donde un joven Antoon Van Dyck dejó una de sus obras más impactantes. Un encargo que inicialmente era para Rubens pero que el maestro delegó en su talentoso discípulo, marcando así el inicio de una carrera que cruzaría fronteras.
El paseo por Gante continuó siguiendo el itinerario de Maestros Flamencos in situ, salpicado de iglesias, esculturas y edificios históricos que convierten cada paso en una lección viva de arte e historia. Ningún viaje a Gante estaría completo sin detenerse en la Catedral de San Bavón para admirar el monumental Tríptico de la Adoración del Cordero Místico de los hermanos Van Eyck. A las 10 de la mañana, el políptico empieza a abrirse, revelando capa a capa uno de los enigmas mejor pintados de la historia del arte. Desde el detallismo de los rostros hasta la complejidad simbólica de cada escena, cada tabla es un universo.
Te recomiendo que tengas las entradas para primera hora y llegues a la sala del tríptico antes de que se abran sus hojas. Coge un buen sitio, permanece fuerte y disfruta de una obra de arte sin comparación que se despliega ante ti con todo su esplendor tras unos cristales de protección y la atenta mirada de las vidrieras. Es un espectáculo visual y una cita que deja huella y que justifica, por sí sola, un viaje entero.
La experiencia se enriquece con la visita en 3D en la parte baja de la Catedral, que permite descubrir los secretos, restauraciones y curiosidades de esta obra sin igual. Esta pequeña ruta en 3D está muy conseguida y es muy interesante, no te recomiendo que te la saltes, seguro que te gusta.
Antes de despedirnos de Flandes, almorzamos en Hal 16, dentro de la zona de la Dok Brewing Company, un espacio gastronómico y cervecero en el puerto de Gante donde la creatividad sigue fermentando.
Así, entre pinceles, catedrales y vasos de cerveza, cerramos un viaje que más que una ruta, es un regreso constante al arte que nunca se fue. Quizá el arte flamenco no cure el insomnio, pero provoca una necesidad inquieta: la de volver. Porque tras este recorrido por Flandes con los Maestros Flamencos in situ, uno siente que apenas ha hojeado el álbum familiar de la pintura europea. Así que, por si acaso, mejor no deshacer la maleta. Nunca se sabe cuándo tocará regresar a Flandes… o al menos a su arte.
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