Viaje a Emilia Romaña | Qué ver en Parma, Vigoleno y Reggio Emilia
Emilia Romaña es una de esas regiones de Italia que muchas veces pasan desapercibidas, sobre todo si se compara con destinos tan famosos como la Toscana. Y, sin embargo, cuando uno la conoce, descubre que tiene historia, cultura, pueblos y una gastronomía de primer nivel. Es, además, una de las regiones con más productos gastronómicos certificados de toda la Unión Europea, algo que da una idea de la importancia que tiene la calidad en esta tierra. Acompáñame por este viaje de 4 días por Emilia Romaña y apunta esta región como tu próximo destino.
Fotografías realizadas por Israel Gutier
En mi caso, Emilia Romaña ha sido uno de esos viajes que te sorprenden de verdad. Había viajado muchas veces a Italia, pero nunca había estado en esta región ni había visitado sus ciudades, así que llegué sin demasiadas expectativas. Y al final volví a casa encantada. Descubrí una zona con mucho carácter, con pueblos muy bonitos, ciudades muy interesantes y una gastronomía que convierte cada plato en parte del viaje.
Fue una de esas escapadas en las que todo acaba saliendo mejor de lo esperado. Entre ciudades como Parma y Reggio Emilia, pueblos medievales, queserías, vino y buena comida, el viaje fue sumando lugares y momentos que hicieron que Emilia Romaña me dejara muy buen sabor de boca, y no solo por su excelente mesa y mantel.
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Emilia Romaña, una desconocida al lado de la Toscana
Emilia Romaña suele quedar a la sombra de la Toscana, pero lo cierto es que no tiene nada que envidiarle. Aquí hay ciudades con mucha historia, pueblos medievales que te dejan con la boca abierta y una cocina que forma parte de la identidad italiana más reconocible. Parma, Reggio Emilia, Vigoleno o Castell’Arquato son solo algunos ejemplos de todo lo que ofrece la región.
Si hay algo que define bien a Emilia Romaña es la variedad. En un mismo viaje puedes visitar una quesería de Parmigiano Reggiano, descubrir un pueblo medieval detenido en el tiempo, probar vinagre balsámico tradicional y exclusivo y terminar el día en una ciudad con teatro, museos y muy buen ambiente si quieres alargar algo la noche. Esa mezcla hace que la región sea muy interesante para un viaje de 3 o 4 días (o todos los que tengas libres), sobre todo si te gusta viajar con calma y comer bien.
También me gustó mucho la sensación de estar en un destino muy italiano, pero sin tanto ruido turístico como en otras zonas más conocidas. Eso permite disfrutar más de cada parada y fijarse en los detalles, que aquí son muchos.
Parma, una ciudad que sorprende
El viaje empezó en Bolonia, donde recogí el coche de alquiler para poner rumbo a Parma. El trayecto dura alrededor de una hora por autopista y pasa por un peaje de unos 5 euros. También existe una carretera nacional más lenta, pero suele estar muy cargada de camiones, con bastantes rotondas y pocas zonas para adelantar.
Parma, una de las ciudades más importantes de Emilia Romaña, fue la primera base del viaje y desde el principio dejó muy buena impresión. Me alojé en Palazzo Dalla Rosa Prati, un antiguo palacio convertido en alojamiento que está en una ubicación excelente, junto al Duomo y el baptisterio. El edificio tiene mucho encanto y las habitaciones son amplias, cómodas y silenciosas. Al mismo tiempo, la zona es muy cómoda para moverse andando, tiene bares y restaurantes cerca y, algo que se agradece enormemente: es tranquila y segura por la noche.
Es una ciudad elegante, limpia, ordenada y muy agradable para recorrer a pie (o en bicicleta). Tiene bastante patrimonio, pero también una atmósfera cotidiana excelente, con vida durante el día y también por la noche. Me dio la impresión de ser una ciudad muy equilibrada, de esas que se disfrutan sin prisas. Parma fue una de las grandes sorpresas del viaje pues nunca había pensado en ella como una ciudad para visitar dentro de Italia antes que otras y, ahora que la conozco, la recomiendo sin lugar a dudas.
Qué ver en Parma
Entre lo más destacado está el Duomo, con su cúpula tan especial, y el baptisterio, que son dos visitas imprescindibles. También merece la pena entrar en la basílica de Santa Maria della Steccata, pasear por la plaza y el Palacio de la Pilotta, cuyo nombre viene porque en una de sus paredes se jugaba a la pelota vasca, y acercarse al Teatro Farnese, uno de los espacios más llamativos del complejo.
A todo esto se suma el edificio de correos, el Monumento a Giuseppe Verdi y el Monumento al Partigiano, que ayudan a completar la ruta por el centro. También merece la pena pasar por la Piazza Garibaldi, una de las plazas principales de Parma, y por el Parco Ducale, que da un respiro muy agradable si quieres alejarte un momento del ritmo del centro histórico.
Pero Parma no es solo una ciudad para ver monumentos. También es un lugar muy agradable para caminar sin prisa, entrar en alguna cafetería, sentarse en una plaza y disfrutar del ambiente y de su gastronomía. Tiene esa mezcla de ciudad elegante y cotidiana que hace que la visita resulte cómoda y muy fácil de disfrutar.
Además, me pareció una base muy práctica para organizar excursiones por Emilia Romaña, porque está bien situada, tiene buenas conexiones y ofrece todo lo necesario para quedarse varios días sin aburrirse.
Un concierto en el Teatro Regio
Una de las visitas más especiales de Parma fue el Teatro Regio. Es un teatro precioso, con mucha historia y una acústica que hace que cualquier actividad allí tenga un valor añadido. En mi caso asistí a un concierto para violín y fue una experiencia que recomiendo mucho, no solo por la música, sino también por el lugar en sí.
El Teatro Regio de Parma es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad y uno de sus edificios más elegantes. Se construyó por encargo de María Luisa de Austria, duquesa de Parma, entre 1821 y 1829, sobre el antiguo monasterio de San Alessandro. Su estilo es neoclásico, con fachada monumental e interior muy cuidado, y es uno de esos teatros que se notan importantes en cuanto entras.
El teatro tiene una belleza clásica muy marcada y no es solo un edificio bonito, sino un teatro con mucha vida. Hoy acoge ópera, conciertos, ballet y el Festival Verdi, además de actividades para familias, escuelas y jóvenes talentos. También se pueden hacer visitas guiadas de unos 30 minutos para conocer el foyer, la sala y el ridotto, lo que lo convierte en una parada muy interesante incluso si no vas a ver una función.
Después del concierto cené en el Gran Caffè del Teatro Regio, que está dentro del propio teatro y tiene unas salas muy llamativas. La carta apuesta por productos típicos de la zona, así que fue una forma perfecta de cerrar el día.
Parmigiano Reggiano, un emblema de Emilia Romaña
El segundo día empezó con una visita muy interesante al Caseificio Ugolotti, muy cerca de Parma. Allí se entiende muy bien por qué esta región tiene tanta fama gastronómica. La quesería está especializada en Parmigiano Reggiano, el único y verdadero queso parmesano. Un queso con denominación de origen protegida y uno de los grandes símbolos de Emilia Romaña. De hecho, Parmigiano Reggiano significa literalmente «algo de la región de Parma y de Reggio Emilia».
La visita fue muy completa y me pareció una de las más interesantes del viaje. Nos atendió Sara, que pertenece a la cuarta generación de la familia, y nos explicó todo el proceso con bastante claridad. El queso se hace solo con leche, sal y cuajo, y el resultado final depende de un proceso artesanal muy controlado y que sería largo de contar aquí.
Básicamente, las vacas se ordeñan por la mañana y por la noche. Los «queseros» utilizan 1.000 litros de leche para fabricar dos ruedas (quesos). De estos litros, sólo el 20% se transforma en queso y el 80% se queda en suero para, finalmente y tras dejarse deshidratándose en otra sala, terminar con el peso de 40kg marcado por el consejo de la denominación de origen.
Además de la impresión que da un queso de ese tamaño, el espacio donde los almacenan y curan es igualmente impresionante debido a su tamaño (pueden llegar a conservar hasta 12.000 quesos de forma artesanal). Es un queso que juega con la maduración, ya que lo mínimo son 12 meses. De ahí en adelante puedes encontrar quesos de 24 meses de maduración o más, ya que si algún cliente quiere, podrían dejar madurando la rueda el tiempo que fuese necesario en sus instalaciones. Después de la visita, una selección de quesos, vino y otros productos de la zona, cerró la visita de manera inmejorable.
Ruta por los pueblos medievales de Emilia Romaña
Tras conocer cómo se hace el queso parmesano, tocó poner rumbo a otra de las señas de identidad de Emilia Romaña: sus espectaculares pueblos medievales. Hacia el norte de Parma nos encontramos con carreteras salpicadas de viñedos, paisajes de ensueño y colinas de un verde intenso que hacen olvidar por completo la Toscana. En esta zona se pueden visitar muchos pueblos medievales, fácilmente reconocibles en la distancia por sus castillos dominando el horizonte desde atalayas. Vigoleno, Castell’Arquato, Fontanellato o Grazzano Visconti son alguno de ellos.
La primera parada fue Vigoleno, un pueblo medieval declarado como uno de los más bonitos de Italia y con tan solo siete habitantes en la actualidad. Es uno de esos lugares que se disfrutan mejor entre semana, cuando hay menos gente y se puede pasear con calma por sus calles de piedra, su castillo y la iglesia de San Jorge. ¡Nota!: lleva zapatos o zapatillas cómodas porque los tacones y los zapatos con suela fina aquí no son buena idea.
Vigoleno también tiene un pasado muy ligado a las rutas antiguas. Por aquí pasaban caminos de montaña usados por peregrinos, como la vía de los Apeninos hacia la Italia central y la Vía de la Sal, que cobró importancia después de la caída de Roma. El propio nombre de Vigoleno tiene origen latino y se relaciona con un lugar de suave pendiente o con un espacio dedicado al dios Baco, algo que encaja muy bien con la importancia que siempre ha tenido el vino en esta zona.
De hecho, aquí se producía vino dulce, el que más tarde se usaba como vino santo, por lo que no pude dejar de visitar una de las bodegas que produce vino santo DOP, la bodega Cantina Visconti. Desde 1960, esta bodega produce vino de manera tradicional y ecológica, entre otros, el especial y delicioso Vin Santo di Vigoleno. Fue una visita muy interesante para conocer sus viñedos y hacer una cata acompañada de aperitivos para maridar, con vinos naturales y ancestrales que encajan muy bien con la tradición de esta zona.
Para finalizar el día, el otro pueblo medieval fue Castell’Arquato. Es otro de los pueblos más bonitos de Emilia Romaña y destaca por su centro histórico medieval, sus cuestas y sus calles empedradas. Tiene un centro histórico grande y con varios atractivos que no puedes dejar de ver como la Rocca Viscontea, la Piazza del Municipio, la Collegiata di Santa Maria Assunta, el Palazzo del Podestà, o el Torrione Farnese.
Para dormir, el hotel elegido fue el Dimora del Podestà, un alojamiento frente a la plaza principal, muy cómodo, silencioso, con desayuno en la habitación y una decoración que no sigue el habitual estilo hotelero. El pueblo merece una visita tranquila, porque tiene mucho encanto y un centro histórico que invita a pasear sin prisas, así que déjate una tarde entera o una mañana.
Y si buscas un buen sitio para comer, te recomiendo la Enoteca del Voltone, donde me sentí muy bien atendida y probé platos tradicionales muy bien hechos a buen precio. Allí cené gamberi al bar, ravioli de pasta al café rellenos de gambas con salsa de burrata, y ganassini, unas carrilleras de cerdo cocinadas lentamente durante horas. Un festín casero que recordaré durante mucho tiempo.
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El laberinto más grande del mundo está en Emilia Romaña
La mañana del tercer día la dediqué al Labirinto della Masone, uno de los lugares más curiosos del viaje. Es el laberinto vegetal más grande del mundo y fue inaugurado en 2015. El espacio impresiona por su tamaño, pero también por la idea completa del proyecto, porque no se trata solo de perderse entre caminos, sino de entrar en un lugar muy bien pensado.
Además del laberinto, me gustó muchísimo la colección Franco Maria Ricci. La primera sala me pareció especialmente interesante, sobre todo por el universo del Codex Seraphinianus, con sus dibujos extraños, coloridos y muy creativos. También hay esculturas, pinturas y piezas relacionadas con el trabajo editorial y gráfico de Ricci, así que es un lugar que mezcla arte, diseño y curiosidad de una forma muy original.
Después seguí hacia Tenuta Medici Ermete, una finca histórica de cuarta generación donde la visita se centró en el vinagre balsámico tradicional de la zona. Allí se entiende muy bien por qué este producto tiene tanta fama y tanta complejidad. No es simplemente un vinagre, sino un producto muy cuidado y exclusivo, con procesos largos de cocción, fermentación y envejecimiento en barricas de madera. ¡12, 18 y 24 meses de maduración!, algo que no sabía que se podía hacer con el vinagre (al menos tanto tiempo).
La cata fue una sorpresa total. Probé los distintos vinagres balsámicos con las diferentes maduraciones y me quedó claro que el precio va muy en línea con la calidad y el tiempo de elaboración. Después también hubo degustación de productos de la zona, como focaccine, jamón, salami y erbazzone, todo maridado con los lambruscos de la bodega. Para mí fue una de las experiencias gastronómicas más sorprendentes del viaje.
Reggio Emilia, la ciudad de la bandera de Italia
Antes de llegar a Reggio Emilia hice una parada en la Collezione Maramotti, en la antigua fábrica de la marca Max Mara. Es un lugar muy interesante para quienes disfrutan del arte contemporáneo, porque combina bien el recorrido artístico con la historia del edificio y de la firma. Me pareció una visita distinta y muy recomendable si te gusta salirte un poco de lo más típico.
Después llegué a Reggio Emilia y tuve la sensación de estar ante una ciudad que muchas veces pasa desapercibida, pero que merece mucho más reconocimiento. Es cosmopolita, muy viva, con muchas bicicletas, mucho ambiente y rincones que llaman la atención a cada paso. La verdad es que el programa se quedaba corto para todo lo que ofrece la ciudad, sobre todo para el fotógrafo, que no paraba de pedir más tiempo entre calle y calle.
Reggio Emilia tiene mucho peso histórico. Aquí fue donde nació la bandera nacional de Italia, en la famosa Sala del Tricolore, dentro del Palacio del Ayuntamiento, el 7 de enero de 1797. Hoy se puede visitar el Museo del Tricolore, que ayuda a entender mejor el origen de la bandera y la historia de la ciudad. Por cierto, muchos de los museos municipales de Reggio Emilia son gratuitos, algo que hace todavía más atractiva la visita.
Uno de los lugares que más me gustó fue el Teatro Romolo Valli. Se inauguró en 1857 y sigue siendo el gran teatro de la ciudad. Es un teatro municipal con una arquitectura elegante, una sala en forma de herradura y una presencia muy imponente para sus más de 1.000 localidades.
Además, su historia está marcada por incendios, reconstrucciones y mucha implicación ciudadana. Tuve la oportunidad de subir al escenario y ver de cerca la escala del espacio, algo que ayuda a entender mejor por qué este teatro sigue siendo tan importante en la ciudad (además de por ser donde actuó Luciano Pavarotti por primera vez en 1961).
La visita terminó en los Chiostri di San Pietro, un antiguo complejo benedictino que conserva muy bien su estructura original. Allí se celebra Fotografia Europea, y el lugar en sí ya merece la visita, porque tiene una atmósfera especial y permite ver las obras en un marco muy distinto al de una sala convencional. Para comer, Bistró Matilda, un lugar perfecto para probar el Erbazzone reggiano, una especialidad gastronómica típica de Reggio Emilia formada por una tarta salada a base de hierbas cuyo origen parece remontarse a la época medieval.
Para dormir en Reggio Emilia me alojé en Locanda La Concia, un hotel boutique muy bien ubicado, con una atención excelente y habitaciones cómodas y silenciosas. Es uno de esos alojamientos que encajan muy bien con una escapada urbana porque combina tranquilidad, diseño y buena situación. A modo de cotilleo, en la suite se alojó Penélope Cruz mientras rodaban la película «Ferrari».
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Lo que me llevo de este viaje por Emilia Romaña
Emilia Romaña me pareció una región muy completa, muy equilibrada y con muchísimo que ofrecer. Tiene ciudades elegantes como Parma, pueblos medievales con mucho encanto, una cocina excepcional y una identidad que se percibe en cada experiencia. No es solo una zona para ver, sino también para saborear y recorrer con calma.
También me gustó mucho que no da la sensación de estar montada solo para el visitante. Hay patrimonio, sí, pero también vida real, producto local, historia familiar y una forma de hacer las cosas que se mantiene muy presente. Eso hace que el viaje tenga más fondo y que cada parada deje algo más que una simple foto.
En mi caso, me quedo con la sensación de haber descubierto una parte de Italia que merece mucho más protagonismo. Emilia Romaña tiene personalidad, tiene sabor y tiene ciudades y pueblos que invitan a volver.
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Galería de fotos Emilia Romaña
Aquí tienes las fotos que has visto en el artículo y alguna más, una magnífica representación en imágenes de este viaje por Emilia Romaña que enamorará a viajeros y fotógrafos por igual. Desliza para ver todas las fotografías:
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