Anglet y Hendaya, una escapada de 3 días con mucho más que playa

Anglet y Hendaya son dos caras de un mismo mar. Playas abiertas al Atlántico, barrios residenciales con casas neo‑vascas, mercados llenos de producto local y una forma de vivir muy parecida a la del norte de España. Separadas por 30 minutos en coche y a pocos kilómetros de San Sebastián, estas dos ciudades se prestan a una escapada conjunta en cualquier época del año con sus olas, chisteras y talasoterapia en Anglet; y mar, castillos y makilas en Hendaya, con mucho comer, beber y pasear.

Cristina Ramos

Israel Gutier

Fotografías realizadas por Israel Gutier 

Anglet y Hendaya son dos ciudades pegadas al Atlántico donde el País Vasco francés se parece mucho a casa, pero con otra luz, otra lengua y otra manera de mirar al mar. Desde San Sebastián se llega en menos de una hora, así que encajan tanto como escapada independiente como en un viaje más largo por la costa vasca.

En pocos días se puede encadenar surf y talasoterapia, mercados y talleres artesanos, castillos frente a los acantilados y paseos por barrios llenos de casas neo‑vascas, con mucho tiempo para comer bien y sentarse en terrazas a ver pasar la vida. Y eso es lo que hicimos en este viaje que ahora te paso a contar.

Anglet y Hendaya

Anglet, la pequeña California

Anglet se presenta como la “pequeña California” del País Vasco francés gracias a sus once playas encadenadas en 4,5 kilómetros de costa, primeras aguas de mar terapéuticas desde el siglo XVIII y una escena surf que puso su nombre en el mapa en los años sesenta, cuando aquí se celebró el primer campeonato mundial de surf en 1968. Los pasos de cebra tienen forma de tabla, los miércoles los niños no tienen colegio y se van al agua y la Anglet Surf Avenue funciona como un Paseo de la Fama donde las estrellas no son actores, sino surfistas.​

Un buen punto de partida es el restaurante Le Lieu, frente a la legendaria playa Chambre d’Amour, donde el chef trabaja producto local -pescados, marisco, guisos de invierno y opciones vegetarianas- en un espacio dividido entre una terraza a pie de playa, un comedor cálido y una azotea con vistas al océano.

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Desde aquí, y una vez con la energía cargada gracias a su deliciosa carta -cualquiera de sus pescados será un acierto, aunque te recomiendo que preguntes por el pescado del día, el croustillants de gambas o los chipirones a la plancha- se puede empezar un paseo en bici o a pie por el paseo marítimo.

La primera parada será la Anglet Surf Avenue, sobre el deck de Sables d’Or con las placas de bronce diseñadas por el artista Fabien Cayeré que recogen las huellas de pies de leyendas como Kelly Slater, Mick Fanning, Justine Dupont o Pauline Ado. Es la versión surfera del Walk of Fame de Los Ángeles, pero con neopreno.​

Anglet y Hendaya
Anglet y Hendaya

En el mismo paseo, y en las calles para llegar a este llaman, la atención los pasos de peatones artísticos gracias las tablas de surf pintadas en punta que cruzan la calle y hacen guiños al nombre de la Surf Avenue.

Más arriba, en el Cap Saint‑Martin, la Love Tower del artista japonés Tadashi Kawamata, construida para la Bienal de Arte Contemporáneo de 2018, se ha convertido en un mirador imprescindible. Una torre de madera de cuatro metros, conectada simbólicamente con la cueva de la Chambre d’Amour, desde donde se domina toda la costa de Anglet y las Landas.​

Anglet y Hendaya

La cueva de la Chambre d’Amour refuerza ese hilo romántico. Se trata de una cavidad natural en el acantilado, asociada desde el siglo XVIII a leyendas de amantes trágicos como Angélique y Henry o Saubade y Laorens, elevadas a la categoría de Romeo y Julieta locales por escritores como Baculard d’Arnaud y Joseph Étienne de Jouy. El jardín que la rodea funciona hoy como pequeño mirador y escenario de cine al aire libre y festivales de música y cine de surf en verano.​

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Qué ver en Anglet: Bosques, iglesias y talasoterapia 

En el interior, Anglet no tiene un casco histórico compacto, sino varios barrios con vida propia. Uno de sus hitos arquitectónicos es la iglesia Sainte‑Marie, construida en 1932 y catalogada Monumento Histórico desde 2014. Obra de Pierre Fonterme y Charles Hébrard, mezcla líneas limpias art déco con elementos de la arquitectura religiosa vasca. En su interior se conservan vidrieras y mosaicos de los talleres Mauméjean y un gran fresco en el coro pintado por Berthe Grimard. Detrás de la iglesia, una pared de pelota recuerda que aquí la pelota vasca no es folklore. Aquí se juega y se vive.​

A unos minutos, el bosque de Pignada (Forêt de Chiberta) demuestra que el paisaje de Anglet no siempre fue verde. Antiguamente, este bosque era un campo de dunas de arena que Napoleón ordenó repoblar para fijar el suelo. Hoy es un bosque “artificial” que combina pinos, alcornoques, madroños y zarzaparrilla —sí, la de los Pitufos— y donde habitan corzos, conejos y ardillas. Es un lugar perfecto para pasear en cualquier estación y escapar un rato del viento del océano.​

Anglet y Hendaya
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La jornada puede terminar en La Concha, un restaurante histórico junto a la pista de hielo que ha sido referencia en la costa vasca desde los años 70 y que reabrió tras una profunda renovación manteniendo su alma original. Con cocina firmada por el chef Benjamin Besson -formado en las cocinas de Ducasse y con experiencia en Dubái y Londres-, la carta trabaja producto local con un punto contemporáneo, pensada para compartir, en un espacio que mezcla memoria y nueva escena gastronómica.​

Para dormir, el clásico es Atlanthal – Belha Collection, hotel de cuatro estrellas a pie de la playa des Cavaliers, con talasoterapia integrada. Nacido en 1989 como heredero de la tradición de baños de mar de la Chambre d’Amour -donde en el siglo XIX se instalaron los primeros baños terapéuticos de la Costa Vasca-, ofrece un gran espacio marino de más de 350 m² con agua de mar climatizada, piscinas, chorros de masaje, camas de microburbujas, sauna, hammam y una amplia carta de tratamientos inspirados en los beneficios del océano. Ideal para dormir profundamente relajado frente al mar. No tuve oportunidad de probarlo, así que no sabría decirte si sus terapias, picinas y aguas merecen la pena.

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Anglet artesanal y gastronómico

El segundo día en Anglet tiene sabor artesanal y de mercado. Una parada clave es la Fábrica de Chisteras González, un taller familiar fundado en 1887 y considerado la última gran referencia en la fabricación de chisteras, los guantes con los que se juega a la pelota vasca. Aquí trabajan tres generaciones: Jean‑Louis, Peio y Bixente, este último pelotari profesional.​

Cada chistera se hace a mano en tres etapas. Primero se construye el armazón de madera de castaño, seleccionada y trabajada con herramientas tradicionales; después se trenza el mimbre o el sauce que rellena la estructura; y por último se trabaja el cuero, que se corta, cose y adapta a la mano del jugador.

Chisteras Gonzalez pelota vasca

Además de fabricar a medida guantes grandes para cesta punta y guantes pequeños para joko garbi, el taller repara chisteras de profesionales y aficionados, prolongando su vida útil y manteniendo vivo un oficio que mezcla ebanistería, cestería y guarnicionería. Varias veces por semana abren al público con visitas guiadas, una oportunidad única para entender desde dentro la cultura de la pelota vasca.​

A mediodía, la vida se traslada a las Halles Biltoki Anglet, mercado cubierto inaugurado en 2015 que se ha convertido en punto de encuentro para locales y visitantes. Desde pronto por la mañana, la terraza de madera invita al café con croissant, mientras dentro se alinean puestos de frutas, verduras, pollos asados, charcutería, comida internacional, queserías, pescaderías y panaderías. Entre las paradas brillan las AOP de la zona con el queso de oveja Ossau‑Iraty, vino de Irouléguy y el pimiento de Espelette a la cabeza. Un sitio perfecto para desayunar o almorzar.

Anglet y Hendaya

Ya con el estómago abierto gracias al apertivo, el plan continúa en el restaurante Abrazo, dentro del renovado hotel Maison Chiberta, entre el golf y el océano. Este hotel‑spa de cuatro estrellas ha sido completamente transformado en 2025 y se articula alrededor de un patio mediterráneo, con habitaciones que mezclan materiales nobles, mobiliario vintage y diseño actual.

La cocina del restaurante está firmada por el chef Juan Arbelaez, que propone una carta centrada en el fuego con carnes, pescados y verduras pasados por brasas, un gran brasero al aire libre y un ahumador que se convierte casi en show culinario. Entre pinos y dunas, la Maison Chiberta ofrece una cara más sofisticada de Anglet, a pocos minutos del bullicio de Biarritz.​ ¡Pídete el pato a la brasa!

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Rumbo a Hendaya y el castillo de Abbadia

Después de comer, toca cambiar de paisaje sin dejar el Atlántico. Hendaya está literalmente pegada a España, separada de Hondarribia e Irún por el río Bidasoa y a solo 21 km de San Sebastián, lo que la convierte en una base perfecta para combinar costa vasca francesa y española.​

La primera parada es el Castillo‑Observatorio de Abbadia, en la Route de la Corniche, una de las carreteras panorámicas más espectaculares de la región. Encargado por el científico y explorador Antoine d’Abbadie al arquitecto Eugène Viollet‑le‑Duc y construido entre 1864 y 1884, el edificio mezcla estilos neogótico y orientalizante (muy de moda en Europa en el siglo XIX), cargado de referencias a los viajes del propietario, especialmente a Etiopía.

La visita recorre salones con mobiliario original, biblioteca científica, capilla y un pequeño observatorio astronómico, además de jardines que se asoman a acantilados y prados donde pastan vacas con vistas al mar.​

Anglet y Hendaya
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La siguiente parada lleva a un tipo de artesanía tan específica como la chistera: el atelier de makilas de Fernando Zapirain. La makila es el bastón tradicional vasco, símbolo de autoridad y respeto, que se usa tanto como apoyo en el monte como en ceremonias y entrega de cargos, aunque su uso principal era, según nos cuenta Fernando, defenderse de los atacantes gracias a su punta de hierro que ahora supone un problema a la hora de venderlas.

El proceso que sigue Zapirain es casi ritual. Primero selecciona en el bosque las varas de níspero que servirán de base, las marca y les graba motivos decorativos directamente en la corteza, y deja que el árbol siga creciendo uno o dos años más. Luego corta la rama, la seca pacientemente y, una vez estabilizada, la pela y pule hasta obtener un mango liso donde las marcas iniciales se han convertido en dibujo en relieve.

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El interior del bastón se vacía para alojar una punta metálica; la empuñadura se reviste con asta, cuero o metal grabado a mano; finalmente, se añade una dragonera trenzada. Cada makila es única, personalizada con iniciales, escudos o motivos simbólicos, y hoy quedan muy pocos artesanos que dominen todo el proceso de principio a fin.​

La tarde termina con un aperitivo en el Chai Fernand, nuevo bar de vinos donde se entiende rápido que en Hendaya la vida se vive en la calle. Terrazas llenas, gente que baja a la playa a correr o hacer surf y después se queda tomando algo, un ambiente muy similar al de los pueblos del otro lado del Bidasoa.

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Las casas neo‑vascas de Hendaya Playa

El paseo marítimo de Hendaya Playa es el corazón más amable de la ciudad. A un lado, una gran playa de arena fina orientada al oeste, protegida por la bahía; al otro, un barrio residencial de casonas blancas con entramados rojos o verdes, ejemplo de la arquitectura neo‑vasca que empezó a proliferar a finales del XIX y principios del XX cuando familias acomodadas encargaron segundas residencias frente al mar.

Arquitectos como Edmond Durandeau y otros discípulos de Viollet‑le‑Duc reinterpretaron la casa rural vasca —tejado a dos aguas, aleros, madera vista— en clave burguesa, y ese paisaje urbano se mantiene hoy gracias a la protección patrimonial.​

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Antes de cenar, merece la pena pasar por el Hôtel Relais Thalasso Hendaye (donde dormimos y disfrutamos de su magnífico spa), hoy en plena metamorfosis. Enclavado entre el mar y los Pirineos, este hotel‑spa marino se prepara para reabrir en 2027 tras una reforma profunda que busca abrir aún más sus espacios a la luz y al paisaje, reforzando su reputación como uno de los centros de talasoterapia más prestigiosos de Francia. El nuevo concepto girará en torno a las suites de tratamiento Relais Thalasso, donde se combinan cuidados de agua de mar, masajes y programas personalizados en un entorno diseñado para desconectar.​

La cena llega en La Brasserie de Paris, heredera de un antiguo hotel con mucha historia junto al paseo marítimo. La propuesta es de brasserie acogedora con cocina de producto local, carta marcada por la temporada, pescados del día, carnes, platos del día y un servicio pensado para lo que surja, desde comidas de negocios hasta cenas con amigos o en pareja, conciertos puntuales, menús especiales y una terraza abierta a la plaza la convierten en un buen cierre de jornada.​

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Domaine d’Abbadia, Decathlon y la nueva Hendaya

El último día se reserva para volver a la naturaleza en el Domaine d’Abbadia, espacio protegido que rodea el castillo y se extiende sobre prados y acantilados a lo largo de la Maison de la Corniche. Hay senderos señalizados que permiten caminar entre pastos, rocas y miradores con vistas a las famosas “Dos Gemelas” -las rocas gemelas que emergen del mar-, sin perder nunca de vista el azul del Atlántico y el perfil de los Pirineos. Es un paisaje que recuerda que, aquí, montaña y mar se dan la mano en pocos kilómetros.​

Para comer, el plan se traslada al antiguo puerto pesquero, donde el restaurante Le Chantier (en la zona del puerto viejo) trabaja cocina marinera en un entorno que conserva el sabor de los tiempos en que Hendaya vivía casi exclusivamente del mar. Aquí, te recomiendo sin ninguna duda que pruebes sus navajas rebozadas.

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Después, la visita a las instalaciones de Decathlon muestra otro lado del territorio. Desde aquí se diseñan y testean muchos de los productos de mar de la marca, incluida la famosa máscara integral de snorkel que revolucionó el buceo recreativo, aprovechando la proximidad del océano para probar prototipos. Su café y sus dulces son deliciosos y su terraza superior, perfecta para mirar a España mientras algún avión pasa rozando de vez en cuando.

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Tras esta visita, paseando por la zona, nos detuvimos frente a la Maison Rouge, una casa emblemática de Hendaya construida en 1921 por el arquitecto Edmond Durandeau, uno de los grandes nombres de la arquitectura neo-vasca.

Fue la propia hija de la familia, ya muy mayor y con una movilidad muy reducida, quien nos abrió la puerta al vernos fuera, y nos acompañó por las estancias. Con pasos lentos y apoyándose en su bastón, nos mostró fotos antiguas, muebles originales y objetos que han estado allí desde mediados del siglo pasado, contándonos historias de cómo vivía toda la familia en aquella casa.

Veranos eternos en el paseo marítimo, comidas largas en el comedor con vistas al mar, las visitas de arquitectos y artistas que pasaban por el barrio. Fue una visita íntima que permitió entender cómo estas casonas no eran solo segundas residencias de familias acomodadas, sino auténticos centros de vida social en la Hendaya de los años 50 y 60.

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La tarde sirvió para caminar por el centro del pueblo, con la Plaza de la République recientemente renovada como espacio peatonal y punto de encuentro, una visita al Monumento a los Caídos en la I y II Guerra Mundial y una vuelta por tiendas independientes como SERPENTHINE, donde se mezcla arte, moda y decoración para hacer algunas compras. La merienda final tuvo lugar en el salón de té Aux Manoirs des Arômes (9, avenue des Allées), con una carta de cientos de tipos de té, pastelería francesa y chocolates que invita a alargar la conversación antes de dar por terminado el viaje.

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Por qué combinar Anglet y Hendaya en solo viaje

Anglet y Hendaya son dos destinos muy fáciles de combinar en un mismo viaje ya que comparten mar, cultura y una manera relajada de entender la vida urbana, pero cada una aporta su propio carácter. Anglet es surf, arte contemporáneo y talasoterapia; Hendaya es castillo romántico, makilas centenarias y paseo marítimo de arquitectura neo‑vasca.

Juntas, forman una escapada perfecta desde San Sebastián o como un viaje a la costa suroeste de Francia, donde siempre hay algo que hacer: pedalear junto al océano, visitar talleres artesanos, perderse en un bosque plantado sobre antiguas dunas o brindar con vino en una terraza frente al Atlántico. Así son Anglet y Hendaya, un viaje perfecto en el que quizá la excusa sea el mar y la playa, pero el resultado final es todo un descubrimiento.

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