Halloween en Nueva Orleans desde una carroza de Krewe of BOO!
En Nueva Orleans, los disfraces, la música y las carrozas convierten Halloween en una celebración que dura mucho más que una noche. Viajamos hasta la ciudad del jazz para descubrir cómo se prepara y se vive esta fiesta de la mano de Krewe of BOO!, con una invitación muy especial: formar parte de su desfile subidos a una carroza y disfrutar Halloween como nunca habíamos imaginado.
Fotografías realizadas por Israel Gutier con Nikon Z5IIC + 24-120mm f4S + 50mm 1.8S +40mm f2
En este viaje a Nueva Orleans nos invitaron a conocer Halloween desde dentro, pero no entendimos del todo lo que significaba hasta que nos vimos maquillados, con nuestro puesto asignado en una carroza y unas cajas de regalos que debían durar todo el recorrido. Delante, miles de personas esperando. Detrás, una organización que llevaba meses trabajando. Y nosotros, una redactora y un fotógrafo, intentando decidir en qué momento dejar de observar y empezar a participar.
En Nueva Orleans, la distancia entre el público y la fiesta es muy pequeña. A veces basta con seguir a una banda por la calle. Otras, con ponerse un disfraz. En nuestro caso, cruzamos esa frontera de la mano de Krewe of BOO!, la organización responsable del desfile oficial de Halloween de la ciudad, y descubrimos que lanzar un peluche desde una carroza puede generar más nervios de los previstos.
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De dónde viene Halloween y cómo acabó llenando las calles de disfraces
Antes de llegar a las carrozas, los zombis y las calabazas iluminadas, Halloween tuvo un largo recorrido. Entre sus antecedentes está Samhain, una festividad celta que marcaba el final del verano y la llegada de la parte oscura del año. Era un momento relacionado con el cambio de estación, las cosechas y la muerte, en el que las creencias situaban especialmente cerca el mundo de los vivos y el de los espíritus.
Con el paso de los siglos, aquellas costumbres se mezclaron con las celebraciones cristianas de Todos los Santos, el 1 de noviembre, y los Fieles Difuntos, el día 2. El propio nombre de Halloween procede de All Hallows’ Eve, la víspera de Todos los Santos. Más que una tradición que sustituyó a otra, el resultado fue una combinación de creencias y prácticas que siguió cambiando con el tiempo.
La fiesta que hoy reconocemos con disfraces, visitas de casa en casa, historias de fantasmas, desfiles y celebraciones comunitarias, es fruto de esa evolución. En Estados Unidos ha adquirido una dimensión popular y comercial enorme, pero conserva algo de aquella relación entre el cambio de estación, el misterio y la posibilidad de jugar durante una noche con lo que normalmente nos da miedo.
En el caso de Halloween en Nueva Orleans, la ciudad no necesita aprender a organizar una fiesta callejera cuando llega octubre. Ya conoce ese oficio. Y muy bien. Lo que hace es cambiar parte del vestuario, añadir unos cuantos detalles muy llamativos y sacar a la calle su particular manera de entender una celebración. Música, imaginación y muchas ganas de participar.
¿Qué tiene de especial Halloween en Nueva Orleans?
Hay ciudades que decoran sus escaparates para Halloween y ciudades en las que la celebración parece encontrar un escenario hecho a medida. Nueva Orleans pertenece a estos últimos. Sus balcones, las fachadas del Barrio Francés, la música que aparece a cualquier hora y esa facilidad para salir disfrazado sin que nadie levante una ceja hacen buena parte del trabajo. Porque así es Nueva Orleans, una ciudad donde se respira libertad (al menos como visitante).
A nuestra llegada, la ciudad ya estaba vestida para la ocasión. El aeropuerto, postes publicitarios, fantasmas colgados de los balcones, el hotel, restaurantes con propuestas especiales e incluso coches que parecían haberse apuntado a su propia fiesta. No todo dependía del gran desfile. Halloween estaba también en esos pequeños detalles que iban apareciendo al caminar.
¿Cuándo viajar para ver Halloween en Nueva Orleans?
Aquí no hace falta estar el 31 de octubre para vivir el ambiente. Halloween sigue celebrándose ese día, pero el calendario de fiestas y actividades se extiende por distintas jornadas.
En 2026, el desfile de Krewe of BOO! tuvo lugar el sábado 24 de octubre y actuó como arranque de la semana de Halloween. No debemos confundir, por tanto, el día de la festividad con la fecha de su desfile principal. Si vas a ir el año que viene, tenlo muy en cuenta. Te recomiendo que consultes el programa de cada edición no vaya a ser que te pierdas algo interesante.
Qué es Krewe of BOO! y quién está detrás de esta fiesta de Halloween en Nueva Orleans
La palabra krewe forma parte del vocabulario festivo de Nueva Orleans. Se utiliza para las agrupaciones que organizan y participan en desfiles, especialmente vinculados a Mardi Gras. En este caso, Krewe of BOO! traslada esa cultura al universo de Halloween con carrozas, disfraces, músicos, grupos de baile y una relación constante con el público.
La organización se fundó en 2007, pero su primer desfile salió a la calle en 2008, como iniciativa para recaudar fondos destinados a la recuperación tras el huracán Katrina. La propuesta nació de Blaine Kern, conocido como «Mr. Mardi Gras», una figura fundamental en el desarrollo de las grandes carrozas de la ciudad. Después de una interrupción, su hijo Brian recuperó el desfile en 2013.
Desde entonces, Krewe of BOO! ha crecido hasta convertirse en un programa de varias jornadas. En la edición de 2026 se anunciaron más de 600 participantes sobre 15 carrozas, intercaladas con 45 agrupaciones de músicos, bailarines y otros colectivos. Detrás de lo que el público ve pasar hay, por tanto, mucha más gente de la que cabe en una fotografía.
Las carrozas tienen el sello de Kern Studios, cuyos artistas convierten dibujos en grandes figuras tridimensionales. Monstruos, criaturas y personajes cobran volumen mediante materiales como la fibra de vidrio o el papel maché, siguiendo una tradición familiar estrechamente relacionada con la historia de los desfiles de Nueva Orleans.
Otro elemento esencial son los throws: los regalos que se lanzan al público. Aquí no todo son los famosos collares de nueva Orleans. La organización ha optado por alimentos, recuerdos y objetos que la gente pueda consumir o conservar, buscando reducir los residuos que quedan después de la fiesta. En el programa de nuestra edición teníamos aperitivos, dulces, mezclas para cocinar jambalaya y gumbo, peluches, tazas conmemorativas y otros pequeños regalos.
Aunque sobre el papel, todo parece fácil pues simplemente es subir a una carroza, sonreír y repartir regalos. Una vez arriba, se descubre que hay una pequeña técnica, una buena dosis de coordinación y un problema imposible de resolver: todo el mundo quiere que le toque algo.
Las celebraciones del Halloween en Nueva Orleans en las que participamos
Además de recorrer diferentes museos, tiendas, tours y restaurantes, nuestra experiencia propiamente «halloweeniana» incluyó la llegada de una second line a Pat O’Brien’s, la Captain’s Party en el estudio de James Michalopoulos, la New Orleans Zombie Run, una sesión de maquillaje grupal, el recorrido del desfile y, para terminar, la fiesta Monster Mash y la casa del terror más terrorífica en la que he estado: The Mortuary.
No fueron actividades aisladas. Juntas nos permitieron conocer a la gente que hace posible el fin de semana y entender cómo crece el ambiente antes de que salga la primera carroza.
Second line y fiesta entre cuadros antes del gran desfile
El fin de semana empezó a tomar forma antes de subirnos a una carroza. Una de nuestras primeras citas fue en el patio de Pat O’Brien’s, donde terminaba la second line del programa de Krewe of BOO! En la edición de 2026, el recorrido estuvo acompañado por Kinfolk Brass Band y conectó las actividades previas de la organización con una tarde de música y fiesta en el Barrio Francés.
La traducción literal, «segunda línea», ayuda poco si no se conoce la tradición. En estas comitivas, la primera línea está formada por quienes encabezan el desfile, la banda y las personas homenajeadas. La segunda la componen quienes siguen detrás, bailando y disfrutando de la música. No se trata solo de ver pasar una banda, la gracia está en acompañarla.
Su origen está profundamente ligado a las comunidades negras de Nueva Orleans y a las asociaciones de ayuda mutua que ofrecían apoyo a sus miembros, también para afrontar enfermedades y gastos funerarios. De ese mundo surgieron tradiciones musicales y comunitarias que siguen vivas. Hoy las second lines aparecen en celebraciones de barrio, bodas y festivales, pero conservan una historia que va mucho más allá del entretenimiento turístico.
Captain’s Party en un estudio de arte
La noche nos llevó a un escenario muy diferente como fue el estudio de James Michalopoulos. El artista ejercía como rey de Krewe of BOO! de aquella edición y fue el anfitrión de la Captain’s Party.
El espacio merecía por sí solo la visita. Entre pinturas y esculturas, comida, bebidas y música en directo a cargo de Flow Tribe, la fiesta tenía algo de encuentro de amigos y algo de celebración imposible de trasladar a una sala convencional. Estábamos en el lugar de trabajo de un artista, pero aquella noche también era un punto de reunión para quienes estaban a punto de compartir desfile.
Fuera, Nueva Orleans seguía preparándose. Dentro, los disfraces empezaban a mezclarse con las obras y los pasos prohibidos. Era una buena introducción a lo que vendría después, aquí la fiesta no espera a la hora oficial de salida.
New Orleans Zombie Run, muertos vivientes con dorsal de atleta
La mañana siguiente, la del desfile, empezó con una escena que, en cualquier otro viaje, habría requerido alguna explicación. Ver corredores zombis reuniéndose a primera hora para recoger un dorsal es un tanto extraño. Por muy muertos vivientes que sean, también tienen que cumplir las normas de inscripción, horario y punto de encuentro.
El centro de operaciones de la New Orleans Zombie Run fue Lucy’s Retired Surfers Bar. Desde las 7:30 de la mañana se organizaba la recogida de dorsales, las inscripciones y las actividades previas; la salida de la carrera estaba prevista a las nueve.
La carrera consiste en un recorrido por el Warehouse District (el distrito de las artes que está muy de moda y donde estaba nuestro hotel, el Higgins) de unas dos millas -aproximadamente 3,2 kilómetros- en el que los participantes avanzan disfrazados mientras los persiguen los cazazombis. Entre estos están las patinadoras de la Big Easy Roller Derby, conocidas también por el nombre histórico de Big Easy Rollergirls.
Con ese planteamiento, resulta difícil tomarse la prueba como una competición convencional. El disfraz forma parte de la experiencia y la persecución añade una excusa para reírse, acelerar y entrar en ambiente antes de que la ciudad se entregue al desfile de la tarde.
A nosotros nos gustó precisamente ese cambio de escala. La noche anterior habíamos estado en una fiesta entre cuadros; por la mañana, la celebración se había trasladado a la calle, con zapatillas deportivas y maquillaje de ultratumba. El mismo fin de semana podía tener varios ritmos sin perder el hilo. Krewe of BOO! no se limita a unas carrozas que aparecen al anochecer. Hay una comunidad que se reúne antes, comparte actividades y va construyendo la celebración poco a poco. Cuando llega el gran desfile, parte de esa energía ya lleva horas circulando.
Y sí, ver a un zombi pendiente de su dorsal tiene bastante gracia. Incluso en Nueva Orleans, donde casi cualquier escena puede acabar pareciendo normal.
El desfile de Halloween desde nuestro puesto en una carroza
La transformación comenzó en una sala junto a las carrozas. Decenas de maquilladores y maquilladoras trabajaban sin descanso sobre quienes íbamos a participar. Había mucho movimiento, bebida, comida y caras que dejaban de parecerse a las de unas horas antes. Todavía no habíamos salido a la calle, pero ya formábamos parte de algo que estaba a punto de ponerse en marcha.
En la carroza, cada participante tiene su sitio asignado. El número de personas está determinado de antemano y cada puesto aparece identificado con un nombre, junto con un listado y las cajas de regalos que había que repartir durante el recorrido. No era posible pasearse libremente de un extremo a otro. Aquel rincón se convertía en tu zona de trabajo.
Entre maquillaje, preparación y desfile, la experiencia nos llevó unas cinco horas. Y aquí va un detalle menos espectacular, pero importante cuando se pasa tanto tiempo arriba: nuestra carroza tenía baño. Los monstruos también agradecen una evacuación sencilla.
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Cristina y el reto de no quedarse sin regalos al principio
Como redactora, pude dedicarme a vivirlo de una manera muy directa. No tenía que buscar el encuadre ni calcular cómo fotografiar una escena en movimiento. Podía mirar al público, escuchar y responder.
Lo primero que me sorprendió fue la ilusión con la que la gente recibía cada carroza. Daba igual si conseguían atrapar un peluche o un sobre de mezcla para preparar jambalaya en casa. El objeto importaba, claro, pero también el momento de conexión. Que alguien te viera entre el público y te lanzara algo a ti.
Mi impulso inicial fue dar regalos a todos los niños. El problema es que el recorrido era largo y las cajas no eran infinitas. Había que contenerse para no repartirlo todo en los primeros minutos.
La gente gritaba, levantaba los brazos y buscaba hacerse visible. Y funcionaba. Veías a alguien que llevaba un rato llamándote y querías acertar. Otra cuestión era conseguirlo. Aquí he descubierto que mi puntería tiene bastante margen de mejora. Con los niños intentaba ser especialmente cuidadosa, pero desde una carroza en movimiento las distancias se calculan de otra manera.
Durante unas tres horas de desfile, aquella atención constante podía resultar abrumadora si me empeñaba en llegar a todo el mundo. La experiencia cambió cuando acepté que no era posible. Dejé de pensar únicamente en repartir y empecé a jugar más con el público. A unos les lanzaba algo, a otros les pedía que levantaran los brazos al ritmo de la música. Fue entonces cuando dejé de sentir que tenía una tarea pendiente y empecé a disfrutar de verdad.
Israel y el momento de bajar la cámara
Como fotógrafo, mi primera reacción fue intentar resolverlo todo a la vez. Qué fotografiar, cómo colocarme sin salir de mi puesto y cómo evitar que las luces del desfile y de mi propia carroza estropearan cada imagen. Había escenas por todas partes y muy poco control sobre lo que ocurría.
Pero llegó un momento en el que la fotografía pasó a un segundo plano. Desde arriba se entendía mejor el esfuerzo de quienes habían preparado aquella celebración. No éramos dos visitantes observando una fiesta ajena. Formábamos parte de un grupo enorme de personas que dedican tiempo y trabajo a conseguir que quienes están abajo, niños y mayores, disfruten.
Los de la carroza y los que gritaban desde la calle acababan formando una misma escena. Y yo estaba dentro, no fuera buscando cómo contarla. Me ha ocurrido otras veces viajando. Hay momentos en los que prefiero mirar directamente antes que seguir buscando una fotografía. No porque la imagen no merezca la pena, sino porque la experiencia también merece su tiempo. Aquella noche, bajar la cámara fue otra manera de prestar atención. La experiencia es única e indescriptible.
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Monster Mash la fiesta de los muertos vivientes
Cuando terminó el desfile, todavía quedaban ganas de seguir. Quizá no teníamos las mismas piernas de primera hora de la mañana, pero sí suficiente energía para acercarnos a Monster Mash, la fiesta posterior de Krewe of BOO! Allí se mezclaban miembros de la organización, participantes del desfile y todos los que querían prolongar la noche.
Después de varias horas en nuestro puesto, resultaba curioso encontrarse de nuevo con gente que habíamos visto durante los preparativos. Algunos seguían perfectamente caracterizados; en otros, el maquillaje empezaba a contar la historia completa de la jornada. Nosotros tampoco habíamos llegado precisamente recién salidos del camerino.
El ambiente fue una de las mejores partes de la noche. Había disfraces muy elaborados, otros más sencillos y muchas ganas de bailar sin convertir aquello en una competición de apariencias. Se podía mirar, charlar, acercarse a la música o quedarse un rato observando el esfuerzo que algunas personas habían dedicado a su personaje.
Bailamos bastante antes de volver al hotel. A esas alturas ya no quedaba demasiado espacio para pensar en el programa, en las notas o en las fotografías pendientes. El día había empezado con zombis recogiendo dorsales y terminaba con una pista llena de disfraces. Entre ambos momentos habíamos cruzado Nueva Orleans sobre una carroza.
Como colofón a una noche de halloween muy especial, nos invitaron a The Mortuary, un destino perfecto para quienes quieran añadir unos cuantos sobresaltos a Halloween en Nueva Orleans. The Mortuary es una mansión de 1872 que funcionó durante décadas como funeraria y está rodeada de cementerios. Se encuentra en el 4800 de Canal Street y abrió como atracción de terror en 2007. El escenario, desde luego, ya venía con parte del trabajo hecho.
Dentro, la historia del edificio deja paso al espectáculo con actores, muñecos animatrónicos muy bien conseguidos, efectos de sonido y decorados elaborados como si fuese una auténtica película de terror como las muchas que se han rodado en la ciudad. No es una visita histórica ni un paseo para escuchar leyendas, sino una casa del terror en la que los sustos forman parte del trato. Una alternativa al ambiente festivo del desfile para quienes prefieran cambiar, durante un rato, las sonrisas por los gritos.
Nueva Orleans, una ciudad a la que siempre hay que volver
De las ciudades de Estados Unidos que conocemos, por separado o en viajes de trabajo compartidos, Nueva Orleans es hasta ahora una de las que más nos atrae. No solo por Halloween. También por la facilidad con la que nos hemos sentido cómodos en ella.
En algunos aspectos nos recuerda a una ciudad española. La vida en la calle, el clima, la importancia de comer bien, las conversaciones que se alargan y una oferta cultural que permite llenar el día sin tener que organizarlo alrededor de un único gran atractivo. Es una impresión personal. Nueva Orleans tiene una identidad propia muy marcada, y precisamente por eso resulta tan interesante.
A pesar de poder decir que ya conocemos bastante de esta ciudad gracias a nuestro viaje del año pasado -donde escribimos una Guía de Nueva Orleans que puedes leer aquí-, nos quedan ganas de dedicar más tiempo a sus múltiples e interesantes museos, a la historia local, al arte, a la música, a las culturas criollas y al universo de Mardi Gras.
Al mismo tiempo, en la mesa encontramos otra razón para volver. En Nueva Orleans dispones de una oferta gastronómica que va mucho más allá de la hamburguesa o de una gran pieza de carne (que también las hay muy buenas). Aquí, el marisco, el pescado, las verduras, su cocina tradicional y las múltiples propuestas contemporáneas -incluso ese detalle tan cotidiano para nosotros de encontrar pan junto al plato- te ayudan a sentirte cómodo frente al plato.
Descubrir nuevos sabores como el caimán o la sopa de tortuga, platos con cientos de años de tradición a sus espaldas como el gumbo o la jambalaya, o delicias como las ostras en diferentes formatos ayuda a querer volver para probar lo que no te dio tiempo.
Llegamos con una misión bastante clara. Yo escribiría e Israel fotografiaría cómo se celebra Halloween en Nueva Orleans. La particularidad era que no íbamos a quedarnos en la acera. Subimos a la carroza, aprendimos a repartir regalos y acabamos formando parte de la historia que habíamos ido a contar.
Ahora, al recordarlo, no pensamos primero en los monstruos ni en el maquillaje. Pensamos en las caras de quienes esperaban abajo y en ese instante en el que conseguíamos encontrarnos con alguien entre la multitud. En Nueva Orleans, Halloween no se puede contar. Hay que vivirlo.
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