Ruta por la arquitectura indiana en Asturias, el sueño americano astur

Asturias guarda historias de emigración en casi todas sus carreteras, aunque a menudo hay que levantar un poco la vista para encontrarlas. Aparecen tras una palmera que no parece muy propia del Cantábrico, detrás de una verja de hierro, en la galería acristalada de una casa desproporcionadamente elegante o en una cúpula de azulejos que brilla entre sus verdes prados. Son las huellas de los indianos, aquellos asturianos que se marcharon a América con una maleta llena de esperanza y, en algunos casos, una fortuna con la que regresar. Acompáñame en esta ruta por la arquitectura indiana en Asturias, un viaje en coche entre palacetes y sabores que hablan del territorio.

Cristina Ramos

Fotografías realizadas por Israel Gutier 

Israel Gutier

Hay en esta historia de ida y vuelta un impulso que conecta muy bien con la imagen más persistente de Asturias. La de una tierra de montaña y mar, difícil de dominar, que ya en tiempos de los astures se asoció a la resistencia frente a Roma y a una forma muy particular de defender su lugar en el mundo. Siglos después, muchos asturianos hicieron lo contrario de quedarse quietos. Cruzaron el Atlántico en busca de oportunidades, trabajaron, emprendieron y, cuando pudieron volver, levantaron casas, escuelas, iglesias y jardines para dejar claro que el viaje había merecido la pena.

Un viaje por la arquitectura indiana por Asturias es, por tanto, mucho más que un itinerario de casas espectaculares. Es un viaje por el sueño americano astur, por la ambición de quienes partieron con poco y por la huella que dejaron al regresar. Sus casas no solo nos cuentan el dinero conseguido. Hablan de orgullo, de nostalgia, de deseo de reconocimiento y de una manera muy asturiana de volver a casa sin pasar precisamente desapercibido.

arquitectura indiana Asturias

Esta ruta indiana por el occidente de Asturias pasa por Somao, El Pito, Luarca, Puerto de Vega y Boal. Son localidades muy distintas entre sí, pero todas conservan fragmentos de aquel pasado emigrante. En unas predominan los jardines exóticos, los chalets y las torres. En otras, la herencia indiana se reconoce en la educación, la vida social y el impulso colectivo. Entre visita y visita también hay tiempo para el pescado del Cantábrico, los guisos de montaña, la miel local o los quesos, porque en Asturias la historia rara vez se entiende del todo sin sentarse a comer.

Qué fue la emigración indiana en Asturias

Para entender la arquitectura indiana de Asturias hay que empezar por una palabra que se utiliza mucho, pero que no siempre se explica bien. Un indiano no era simplemente un asturiano que había emigrado a América. Un indiano era, en sentido estricto, quien había hecho fortuna al otro lado del Atlántico y regresaba con capital suficiente para vivir sin trabajar o, como mucho, convertirse en inversor, filántropo o abrir un negocio del que «no tuviera que estar pendiente». No todos los que se marcharon consiguieron ese final. Muchos retornaron con poco dinero, otros tuvieron que seguir trabajando y algunos ni siquiera volvieron para evitar que en su pueblo se supiera que la aventura no había salido como esperaban.

La emigración a Cuba, Argentina, México y otros países americanos marcó profundamente Asturias entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Quienes lograron prosperar regresaron con nuevas ideas, referencias arquitectónicas, dinero y un deseo evidente de diferenciarse. Sus casas rompían con la construcción tradicional de la aldea. Incorporaban galerías acristaladas, miradores, torres, colores vivos, jardines, palmeras, araucarias, columnas y elementos modernistas o eclécticos. No existe, por tanto, un único modelo de casa indiana. Cada vivienda respondía a los gustos de la familia, a la capacidad económica del propietario y a la ambición del arquitecto.

pueblos ejemplares de Asturias

Pero la herencia fue mucho más allá de lo privado. Los indianos financiaron escuelas, hospitales, iglesias, lavaderos, casinos y centros culturales. En pueblos como Boal, esa dimensión social resulta incluso más visible que los palacetes. Es importante porque explica que estos retornados no solo querían vivir bien, sino dejar una marca tangible en su comunidad. La riqueza obtenida en América se convirtió en patrimonio, educación, ocio y servicios.

La mayoría de contenido sobre casas indianas tiende a concentrarse en Colombres, Ribadedeva o Llanes, zonas con una presencia muy conocida de este legado. Colombres destaca especialmente por la densidad de sus construcciones y por el Archivo de Indianos, pero yo quiero conocer otros pueblos sin, quizá, tanto nombre, pero igualmente importantes (o más para muchos asturianos).

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Somao, el pueblo donde los indianos levantaron su particular mundo

Somao, en el concejo de Pravia, es uno de los mejores lugares para comenzar a conocer la arquitectura indiana de Asturias. El pueblo conserva una concentración extraordinaria de palacios, casonas y viviendas promovidas por emigrantes que regresaron de América con suficiente dinero como para modificar de manera visible el paisaje local. Se calcula que el conjunto supera la veintena de edificaciones relacionadas con esta herencia, lo que explica que Somao se haya convertido en una de las paradas más interesantes para quien quiere comprender la arquitectura indiana asturiana.

Lo primero que llama la atención es que el pueblo no parece construido desde una única idea. Hay fachadas de inspiración modernista, torres, balcones, galerías de hierro y cristal, jardines que introducen vegetación poco habitual en el entorno y una clara voluntad de desmarcarse de las casas rurales tradicionales. En Somao, cada construcción parece querer decir algo sobre quien la encargó.

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La Casona es uno de los ejemplos más llamativos. Su construcción comenzó alrededor de 1900 como residencia estival de Gabino Álvarez y su imagen responde exactamente a esa voluntad de crear una vivienda destacada.

La gran escalinata de acceso orientada al mar, las amplias galerías acristaladas y las columnas de hierro fundido aportaban una modernidad difícil de encontrar en la arquitectura rural asturiana de la época. La casa no se limita a ser grande. Está pensada para verse y para que quien la visite entienda que su propietario ya no pertenece al mundo humilde del que salió.

Junto a la residencia se encuentra el mausoleo familiar, una construcción que lleva la idea de representación incluso más lejos. Tras la muerte de Gabino Álvarez, su esposa Encarnación Valdés mandó levantar una capilla-panteón privada en el jardín. El edificio tiene una singular planta en forma de trébol de cuatro pétalos, pináculos, esculturas de ángeles y una cúpula de azulejos azules que destaca sobre el verde asturiano.

La familia tuvo que obtener un permiso especial de la Iglesia para enterrar fuera del cementerio parroquial, un privilegio excepcional que muestra el nivel de influencia social alcanzado. En Somao, incluso el descanso eterno podía convertirse en una declaración de estatus.

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Las casas, los jardines y el mecenazgo indiano en Somao

La arquitectura indiana en Somao no termina en La Casona. La Casa de la Torre, conocida también como la Casa Amarilla, es otra de las construcciones más representativas. Terminada en 1912 y atribuida al arquitecto Manuel del Busto, tiene una inspiración vienesa y una presencia muy diferente a la arquitectura tradicional del pueblo. Su fachada, su escala y sus elementos decorativos ayudan a entender hasta qué punto los indianos querían importar una imagen cosmopolita a las aldeas donde habían nacido.

Villa Radis es otro de los edificios que merece una parada. Su gran presencia visual y sus jardines cuidados encajan bien en esa idea de residencia de regreso. El jardín no era un simple añadido decorativo. Tener especies exóticas, paseos, vegetación exuberante o elementos ornamentales era una forma de señalar que se pertenecía a una clase social nueva. Las palmeras y las araucarias, tan asociadas hoy al paisaje de las casas indianas, funcionaban como símbolos de un mundo más amplio, de un mundo lejano, de viajes, de comercio y de una vida que se había desarrollado allende los mares.

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Otra parada indispensable es El Noceo, considerado el germen de la arquitectura indiana de Somao. Fue la casa natal de José Menéndez Viña, el primer vecino de la localidad que cruzó el Atlántico en busca de oportunidades. Se marchó con apenas 14 años, pasó por Madrid y París y terminó estableciéndose en Cuba. Al regresar, hacia 1880, reformó y amplió la vivienda familiar con galerías acristaladas, miradores y elementos de aire colonial. El resultado fue una casa mucho más elegante que ostentosa, pero con la importancia de haber abierto el camino que seguirían otros vecinos del pueblo.

En esta ruta por la arquitectura indiana en Asturias también hay que tener en cuenta los edificios que hablan de mecenazgo. La Iglesia de Santa Eulalia de Mérida y las antiguas escuelas muestran que la riqueza indiana no se limitó a levantar paredes privadas. La educación y el culto religioso eran ámbitos muy importantes en los pueblos, y financiar mejoras en ellos permitía a los retornados consolidar su prestigio y ganar reconocimiento colectivo. En algunos casos, las escuelas eran el mejor legado que podían dejar, porque ofrecían oportunidades de formación a niños que quizá, de otro modo, habrían tenido que seguir el mismo camino migratorio de sus padres.

El Pito y la Quinta de Selgas, el gran paréntesis palaciego

La ruta continúa hacia El Pito, una pequeña localidad de Cudillero situada a muy pocos kilómetros de Somao. Aquí paramos en «La Quinta de Selgas», que no es una casa indiana en sentido estricto, porque la fortuna de sus propietarios no procedía de América, sino del comercio y los negocios financieros de Madrid. Sin embargo, aparece con frecuencia en recorridos por la zona debido a su escala, su estética y el ambiente señorial que comparte con muchas de las grandes residencias promovidas por indianos.

Conocida como el Versalles asturiano, la finca ocupa unos 90.000 metros cuadrados distribuidos entre jardines de inspiración francesa, italiana e inglesa. Hay zonas geométricas, fuentes, esculturas de mármol, lagos y árboles exóticos. El conjunto parece pensado para demostrar que el paisaje asturiano podía acoger un pequeño palacio europeo sin renunciar del todo a su entorno. El contraste entre sus jardines y la Asturias más rural que los rodea es parte de su atractivo.

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El interior funciona casi como un museo. Conserva pinturas, tapices, porcelanas, mobiliario y obras atribuidas a artistas como Goya, El Greco, Luca Giordano y Vicente Carducho. Más allá de la calidad artística, la visita ayuda a entender una época en la que ciertas familias construían espacios domésticos que eran, al mismo tiempo, colecciones, escenarios de representación social y símbolos de una posición económica privilegiada.

En El Pito también merece especial atención la Casona de la Paca, esta vez sí un palacete indiano y ahora un hotel. Fue mandada construir en 1877 por José Martínez Martínez, vecino de Cudillero que había emigrado a Cuba y que bautizó la residencia en homenaje a su madre, Francisca. La casa mantiene elementos habituales del eclecticismo indiano del siglo XIX, como la fachada simétrica, los grandes ventanales, los techos altos y el aire colonial. El jardín completa una fotografía que permite imaginar cómo debieron de ser estas propiedades en sus años de mayor esplendor.

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El Hotel El Rosal es un alojamiento que ocupa una casona indiana de principios del siglo XX construida como residencia de verano por Maximiliano del Rosal Echavarría, natural de Cudillero y emigrante en México. Allí hizo carrera hasta convertirse en director de una importante fábrica, formó una familia y, tras su regreso, la casa quedó vinculada al descanso estival de sus descendientes.

El edificio conserva ese aire de residencia señorial de comienzos del siglo pasado, con muros de piedra, cubierta a dos aguas, grandes galerías acristaladas y miradores de madera abiertos al exterior que refleja muy bien cómo este estilo se filtró en la arquitectura local y transformó las casas de veraneo de la zona denominándose estilo de «mimetismo» o «eco indiano».

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Finalmente, la Iglesia-Panteón de Jesús Nazareno, situada frente a la Quinta de Selgas, añade un último capítulo al recorrido. Fue impulsada por Fortunato de Selgas como parroquia y mausoleo familiar. En su cripta se conservó durante décadas un altar prerrománico del siglo VIII que Fortunato rescató cuando estaba siendo utilizado como mostrador de una taberna.

El detalle resume bastante bien el espíritu de estas familias, una mezcla de riqueza, deseo de legado y una fuerte voluntad de intervenir en la vida cultural de su entorno.

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Luarca, villas frente al mar y la memoria de Argentina

Al llegar a Luarca podremos mirar la arquitectura indiana desde otro escenario. Aquí no hay solo prados y aldeas, sino una villa marinera que se abre al Cantábrico y que conserva grandes residencias ligadas a emigrantes que hicieron fortuna en América. El paisaje costero cambia la fotografía. Las villas aparecen entre jardines, barrios residenciales y miradores desde los que se entiende por qué muchas familias eligieron este lugar para establecer su residencia de verano o de regreso.

Villa La Argentina es una de las grandes protagonistas. Fue encargada en 1899 por Manuel García Fernández, uno de los hermanos conocidos en Luarca como Los Pachorros. Ambos emigraron a Argentina cuando eran jóvenes y fundaron en Tucumán el ingenio azucarero Bella Vista, una explotación de alrededor de 7.000 hectáreas que los convirtió en hombres muy ricos. A su regreso levantaron dos palacetes en parcelas contiguas. El de Manuel recibió el nombre de Villa La Argentina, una declaración bastante directa del lugar de donde procedía la fortuna.

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El edificio fue diseñado por Juan Miguel de la Guardia, uno de los arquitectos más reconocidos del norte de España en aquella época. La vivienda busca elegancia, pero también transmite una idea de solidez y de poder económico. Es el tipo de casa que no necesita carteles que expliquen que detrás hubo dinero, viajes y una ambición evidente de ser visto.

Luarca reúne otros ejemplos muy diferentes entre sí. Villa Rosario destaca por una importante reforma modernista, mientras que Villa Barrera sorprende por su originalidad dentro del panorama burgués local. Por su parte, Villa Excélsior es una de las construcciones más fotogénicas y famosas de la arquitectura indiana asturiana.

Pero a nosotros nos gustó mucho Villa La Mercedes. Entre las casas menos conocidas del barrio de Villar aparece esta pequeña casona construida en 1907 por encargo de Luis Suárez. Antes de adoptar su nombre actual fue conocida como Villa Benigna y, más tarde, como Villa La Zarzuela. No tiene la monumentalidad de Villa La Argentina ni la exuberancia de Villa Excélsior, pero aporta otro matiz gracias a su fachada colorista y a esa elegancia residencial que define al conjunto de villas indianas del entorno. 

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Boal, la cara colectiva de la ruta indiana Asturias

Al llegar a Boal la perspectiva cambia por completo. Si Somao y Luarca representan la gran residencia privada y la exhibición de fortuna, Boal enseña cómo la emigración también se convirtió en una herramienta de mejora colectiva. Aquí los indianos que prosperaron, especialmente en Cuba, no se limitaron a construir casas para ellos mismos. Crearon sociedades de instrucción y financiaron escuelas, lavaderos, espacios de ocio y otros servicios para el conjunto de la población.

Esa dimensión social es una de las razones por las que Boal merece ocupar un lugar destacado en cualquier ruta por la arquitectura indiana de Asturias. La villa conserva, además, una mezcla singular entre la arquitectura indiana y la construcción tradicional de pizarra del occidente asturiano.

Las casas mantienen muros de mampostería y tejados oscuros de fuerte inclinación, necesarios para resistir un clima más duro y lluvioso. Pero sobre esa base local aparecen galerías, buhardillas, remates modernistas y detalles llegados de un imaginario mucho más cosmopolita. Es en este pueblo donde la arquitectura pasa de indiana a «negra», nombre que recibe debido al uso de la pizarra típico del Occidente Asturiano.

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Villa Anita es el mejor ejemplo de esta fusión. Fue construida en 1926 por encargo de Celestino Martínez, que había prosperado en Cuba con una fábrica de dulces. El edificio tiene una forma de T, galerías y una cubierta de pizarra muy inclinada, pero lo que lo hace único es su fachada exterior revestida con azulejos pintados a mano uno a uno en Talavera de la Reina. No es fácil encontrar una construcción que mezcle de manera tan evidente el mundo local, la técnica tradicional y el deseo de destacar de un propietario enriquecido en América.

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Por su parte, las Escuelas Graduadas son el gran símbolo de la Boal más colectiva. Fueron promovidas gracias a la Sociedad de Instrucción Naturales del Concejo de Boal, creada en La Habana, y su objetivo era combatir el analfabetismo y ofrecer educación a los niños y niñas del concejo. El edificio, de escala notable y fachada de piedra, sigue impresionando por lo que representó. En un tiempo en el que muchos pueblos carecían de servicios básicos, levantar una escuela de esas dimensiones era una apuesta clara por el futuro de las nuevas generaciones.

La llamada «Milla Indiana de Boal» permite recorrer otros edificios vinculados a este legado, como la Fonda La Paca, Casa de Damiana, Casa El Zanco, el Casino y Cine Helenias y el lavadero municipal. Este último recuerda que el dinero indiano no solo se destinó a las grandes obras o a los edificios de prestigio. También se utilizó para mejorar tareas cotidianas que recaían especialmente sobre las mujeres del pueblo.

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Tineo, una huella indiana más discreta

Al mezclar este viaje para conocer la arquitectura indiana de Asturias, pero también la arquitectura negra (la de pizarra típica del occidente asturiano) que podéis leer aquí, una parada obligatoria es Tineo. Este pueblo no tiene una concentración de palacetes tan evidente como Somao o Luarca, y la referencia principal es la Casa de los González Mayo, situada en la avenida que lleva el nombre de la familia y construida en la primera mitad del siglo XX. Es una de las pocas muestras de arquitectura indiana que se mantienen en la villa.

Lo más importante de Tineo respecto a la arquitectura indiana es su relación tan interesante con la emigración a América. Su mercado semanal, conocido como la plaza de los jueves, se celebra desde 1222 y convirtió a la villa en un importante centro comercial del occidente asturiano.

Durante décadas, muchos jóvenes de las aldeas cercanas acudían hasta aquí para vender productos y conocer el bullicio de una localidad que, para algunos, acabó siendo la primera ventana hacia un futuro lejos de Asturias.

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Muchos de aquellos vecinos emigraron a Cuba o Argentina y cuando regresaron con dinero, reformaron casas familiares o levantaron nuevas residencias para reflejar su nuevo estatus. En Tineo la arquitectura indiana se integra de una manera más discreta en el casco urbano, especialmente en torno a la plaza del mercado, donde algunas casonas adoptaron un aire más burgués. No es una visita de grandes villas ni de jardines exuberantes, sino un buen lugar para entender de dónde salieron muchos de aquellos emigrantes antes de convertirse en indianos.

Además, Tineo permite sumar una parada gastronómica muy asturiana a la ruta. La villa es conocida por el chosco de Tineo, un embutido ahumado elaborado con lengua y lomo de cerdo, y por restaurantes como Casa Lula, donde la cocina de guiso y la tradición de las guisanderas (de las que ya hablaremos más adelante) siguen teniendo mucho peso.

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Una ruta que se recuerda más allá de las fachadas

Este viaje por la arquitectura indiana de Asturias nos ha servido para descubrir que el patrimonio no siempre está encerrado en un museo. Muchas de las casas son privadas, otras se han convertido en hoteles y algunas solo se contemplan desde el exterior. Aun así, cuentan muchísimo. Una torre, una galería, una cúpula de cerámica o una palmera hablan de la emigración mejor que cualquier estadística. Cada construcción es la parte visible de una historia más larga, la de alguien que se marchó, se adaptó a otro continente y regresó con una nueva manera de entender el mundo.

La ruta también sirve para matizar el relato romántico. No todos los emigrantes hicieron fortuna y no todos los regresos fueron felices. El patrimonio que vemos corresponde a quienes triunfaron, no a la mayoría silenciosa que tuvo vidas mucho más difíciles. Precisamente por eso es tan importante no reducir los indianos a una postal de palmeras y mansiones. Detrás de esas fachadas hubo trabajo, desigualdad, riesgos, ambición y, a menudo, una necesidad muy humana de demostrar que el viaje había merecido la pena.

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Y esta ruta tiene todavía muchos capítulos más. La arquitectura indiana también dejó una huella extraordinaria en localidades como Colombres, Llanes, Ribadesella, Villaviciosa o algunos pueblos del entorno de Ribadedeva. De hecho, en Colombres (que además es un Pueblo Ejemplar y puedes leer sobre ello en nuestro artículo) se encuentra uno de los lugares imprescindibles para profundizar en esta historia, el Museo de la Emigración-Fundación Archivo de Indianos, que conserva una importante colección de documentos, fotografías, cartas, objetos y testimonios relacionados con la emigración asturiana y española a América.

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Si quieres seguir una ruta de la arquitectura indiana por Asturias con calma, el mejor consejo es no intentar verlo todo de forma apresurada. Deja tiempo para caminar por los pueblos, observar las casas desde fuera, entrar en los jardines que sean visitables y conversar con la gente local.

La arquitectura indiana es espectacular, pero lo más interesante no es solo cómo se ve. Es todo lo que explica sobre Asturias, América y la historia de quienes cruzaron el océano con la esperanza de volver con una vida mejor.

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