Un viaje por la Asturias que se construyó con pizarra
Hay viajes que se recuerdan por un gran monumento y otros que se quedan en la memoria por algo mucho más difícil de resumir. Por el color de las casas, por el peso de la piedra, por una carretera que se retuerce entre montañas o por esa sensación de que los pueblos no se han construido sobre el paisaje, sino directamente con él. La arquitectura negra de Asturias tiene mucho de eso.
Fotografías realizadas por Israel Gutier
Esta ruta nace dentro de un viaje más amplio por Asturias que combina dos universos arquitectónicos casi opuestos, pero profundamente conectados. Por un lado, están las casas indianas (viaje y ruta que puedes leer aquí), las galerías, las palmeras, las fachadas coloristas y el legado de quienes volvieron enriquecidos de América. Por otro, la arquitectura negra, nacida de la necesidad y construida con los materiales que ofrecía el territorio.
Si la arquitectura indiana habla de viajes, dinero y deseo de reconocimiento, la pizarra del occidente asturiano habla de clima, montaña, aislamiento e ingenio popular. Acompáñanos en este recorrido por la arquitectura negra de Asturias, una ruta que pasa por Boal, Pelorde, Argul, Grandas de Salime, Cecos, Cangas del Narcea, Besullo y Quirós.
Un viaje donde cada tejado cuenta una historia y donde, entre casa y casa, también hay espacio para el mejor pote del mundo, vinos de montaña, navajas artesanas, hórreos, museos etnográficos y restaurantes que saben muy bien que en esta parte de Asturias comer caliente no es una recomendación, sino casi una forma de arquitectura interior.
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Por qué los tejados son negros en el occidente de Asturias
La arquitectura negra de Asturias no recibió ese nombre porque sus pueblos buscaran una estética oscura o misteriosa. El color negro de sus tejados tiene un origen mucho más práctico. En el occidente asturiano, especialmente en las zonas de montaña, no existían yacimientos de arcilla de calidad suficiente para fabricar la típica teja roja que aparece en otras partes de la región. Traer tejas desde lejos, por caminos difíciles y con carros de tracción animal, era caro, lento y poco realista.
La solución estaba en el propio suelo. La pizarra era abundante, resistente, impermeable y relativamente fácil de trabajar. Al golpearla de la forma adecuada, se dividía en lajas finas y planas que podían perforarse y fijarse sobre estructuras de madera. Ese material tenía además una ventaja decisiva en un territorio de lluvias frecuentes, nieblas y nieve. La pizarra absorbe muy poca agua y funciona como una cubierta natural excepcional para proteger las viviendas del clima de montaña
De ahí proceden esos grandes tejados inclinados, cubiertos con lajas oscuras y preparados para evacuar la lluvia o evitar que el peso de la nieve dañe la estructura. Los muros de mampostería de piedra completan un sistema constructivo que conserva el calor y resiste muy bien el paso del tiempo. No son casas diseñadas para llamar la atención, aunque hoy lo hagan. Son edificios levantados para durar, para proteger y para adaptarse a una geografía que nunca puso las cosas demasiado fáciles.
La diferencia se aprecia al viajar desde la costa hacia el interior. A partir de la zona de Cadavedo, incluso cerca del mar, empiezan a aparecer tejados de pizarra. Cuanto más se avanza hacia Boal, Pesoz, Grandas de Salime, Ibias o Cangas del Narcea, más dominante se vuelve esa paleta de grises, negros, ocres y verdes. La arquitectura negra de Asturias no es un conjunto uniforme, pero sí una forma de construir reconocible, íntimamente ligada a los recursos locales y a una manera muy concreta de habitar el territorio.
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Boal, el lugar donde la pizarra se cruza con el sueño indiano
Boal es uno de los lugares más interesantes para empezar a entender la arquitectura negra de Asturias porque aquí la pizarra no aparece sola. Se mezcla con el legado indiano y da lugar a una arquitectura con una personalidad muy propia. En este concejo del occidente asturiano, las casas tradicionales conservan sus muros de piedra y sus cubiertas inclinadas de pizarra, pero muchas construcciones incorporan también galerías, buhardillas, detalles modernistas y una ambición decorativa que llegó de la mano de los emigrantes retornados de Cuba.
Esa convivencia tiene mucho sentido dentro de nuestra ruta. El viaje por Asturias no separa de forma radical la arquitectura negra de la indiana. Las dos comparten territorio, carreteras y pueblos. Lo que cambia es el lenguaje de las construcciones. La pizarra respondía a las necesidades del clima y de la montaña, mientras que los indianos añadieron una capa de aspiración social, referencias urbanas y detalles importados de otros mundos.
Boal es el ejemplo perfecto de esa mezcla y Villa Anita es el ejemplo cumbre. La casa tiene una planta en forma de T, galerías y una fuerte cubierta de pizarra negra, imprescindible en esta parte de Asturias. Sin embargo, su fachada está revestida de azulejos pintados a mano en Talavera de la Reina. El resultado es único. Una vivienda que mantiene la lógica constructiva local, pero que al mismo tiempo exhibe el gusto y la capacidad económica de su propietario.
También destacan las Escuelas Graduadas, financiadas por la Sociedad de Instrucción Naturales del Concejo de Boal desde La Habana. Este gran edificio de piedra fue creado para mejorar la educación y combatir el analfabetismo. Junto a él, la llamada Milla Indiana de Boal permite reconocer otros elementos de aquella transformación social, como la Fonda La Paca, Casa de Damiana, Casa El Zanco, el Casino, Cine Helenias o el lavadero municipal.
Boal demuestra que la arquitectura negra no debe entenderse como un paisaje aislado o detenido en el tiempo. La pizarra fue una base sobre la que se construyeron muchas historias. Algunas hablan de campesinos y ganaderos. Otras de indianos, escuelas, sociedades de instrucción y modernización. Incluso la quiastolita, la piedra con una cruz negra natural que se entrega como amuleto en la zona, parece encajar en ese relato de mineral, tradición y territorio.
Pelorde y Argul, arquitectura negra contra la pendiente
Desde Boal, la ruta se adentra en paisajes donde la pizarra va ganando protagonismo y las grandes casas de indianos empiezan a desaparecer. Pelorde, en el concejo de Pesoz, es uno de esos lugares que ayudan a entender de forma inmediata qué significa la arquitectura tradicional del occidente asturiano.
La aldea tiene apenas una docena de habitantes y alrededor de veinte viviendas que mantienen el patrón constructivo de la zona. Muros de piedra vista, cubiertas de grandes lajas oscuras y una relación muy estrecha con el paisaje del valle del río Agüeira.
Pelorde no necesita grandes monumentos para resultar interesante. Su atractivo está precisamente en la coherencia. Las viviendas parecen haber surgido de la montaña, no haberse colocado sobre ella. Cada elemento responde a una necesidad. Los muros protegen del frío, los tejados resisten la lluvia y la nieve, la piedra está disponible en el entorno y la escala del conjunto se adapta a una aldea pequeña donde la vida rural marcaba el ritmo.
Argul, también en Pesoz, lleva esa adaptación al límite. Declarado Bien de Interés Cultural en 2004, es uno de los conjuntos arquitectónicos medievales más singulares de España. El pueblo se levanta en una ladera muy abrupta y sus habitantes tuvieron que resolver un problema básico: cómo construir, desplazarse y convivir en un terreno donde casi no hay superficie llana. La respuesta fue una red de pasadizos elevados, corredores y túneles que conectan las casas y permiten caminar bajo las propias viviendas.
Pasear por Argul tiene algo de viaje en el tiempo. No solo por el aspecto de sus casas, sino porque la arquitectura define por completo la experiencia. Las calles no siempre son calles como las entendemos hoy. A veces son pasos estrechos, zonas cubiertas o recorridos que cruzan bajo estructuras. Los tejados mantienen la pizarra oscura propia de la comarca, pero los muros incorporan también piedra arenisca y arcillosa de tonos ocres y rojizos.
Además, montones de hortensias de colores muy vivos decoran el paseo y esa mezcla cromática hace que esta aldea tenga una imagen distinta a la de otros pueblos de la zona.
Pelorde y Argul muestran dos caras de la misma lógica y ambos recuerdan que la arquitectura negra de Asturias no es solo una cuestión de color. Es una forma de pensar y de resolver problemas reales con los materiales disponibles.
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Grandas de Salime y A Paicega, la memoria rural y obrera del occidente
Grandas de Salime es una de las grandes paradas de esta ruta por la arquitectura negra de Asturias. En el extremo occidental de la región, la pizarra, la piedra y la montaña vuelven a marcar la fisonomía de pueblos y aldeas. Pero aquí el paisaje no se disfruta sólo desde fuera. El Museo Etnográfico de Grandas de Salime, conocido como Museo Pepe el Ferreiro, permite entrar en la vida cotidiana que dio sentido a estas construcciones.
No es un museo convencional y es una visita que aconsejamos de verdad, es un viaje en el tiempo y en la nostalgia. Tiene más de 3.000 metros cuadrados y reúne casas, talleres, fragua, escuela, barbería, fábrica de gaseosas, consulta de dentista rural, molino hidráulico y otros espacios que recrean la vida del occidente asturiano entre los siglos XVIII y XX. Fue impulsado por el etnógrafo José María Naveiras Escanlar, conocido como Pepe el Ferreiro, y nació con la intención de conservar el patrimonio material e inmaterial de las comunidades del occidente.
Lo más interesante es que permite comprender cómo se vivía dentro de esas casas de piedra y pizarra. La lareira, la gran cocina tradicional, organizaba buena parte de la vida doméstica. Los talleres muestran oficios como el de zapatero, sastre, tornero, carpintero o herrero. La escuela recuerda una época en la que la educación rural tenía poco que ver con las aulas actuales.
Y el molino hidráulico explica cómo la fuerza del agua se utilizaba para procesar el cereal. Todo aparece conectado. La arquitectura, los muebles, los oficios y los alimentos forman parte del mismo sistema.
Muy cerca, el Mirador de A Paicega introduce otro capítulo de la historia del occidente. Desde allí se contemplan el río Navia y la presa de Grandas de Salime, pero el lugar tiene además una carga histórica particular. A Paicega fue un poblado obrero levantado en el siglo XX para alojar a quienes trabajaron en la construcción de la central hidroeléctrica. Llegó a tener viviendas, comedores, electricidad e iglesia. Cuando finalizaron las obras, el poblado fue abandonado.
Hoy se conservan los esqueletos de varios pabellones y la estructura de la iglesia, rodeados por vegetación y con el paisaje del embalse al fondo. A Paicega no forma parte de la arquitectura negra tradicional, pero sí encaja en la ruta como un recordatorio de otra manera de construir en la montaña.
Cecos, Cangas del Narcea y la pizarra que llega hasta el vino
La ruta continúa hacia Cecos, en el concejo de Ibias, uno de los pueblos más auténticos de esta parte de Asturias. Situado junto al río Ibias, conserva una imagen de arquitectura tradicional muy ligada a la piedra y a la pizarra.
Aquí las casas no compiten con el paisaje. Se confunden con él. Los grises y negros de las cubiertas, la mampostería de los muros y el verde intenso de las laderas crean una paleta que parece pensada por la montaña y no por un arquitecto.
Aquí, donde viven actualmente unas decenas de personas, te recomiendo pasear con calma pues cada rincón tiene «algo» especial. Podrían ser simples casas de piedra, pero el ambiente que se respira entra las pocas calles que tiene el pueblo, junto con el rumor del río, es un momento que recuerdo constantemente de este viaje.
En este paseo podrás ver la iglesia de Santa María, de aspecto humilde y rural, y el puente medieval sobre el río, que regala una de las postales más bonitas de Cecos.
Por otro lado, a las afueras se encuentra uno de los edificios más destacados (y con leyenda) como es el Palacio de Cecos, también conocido como Palacio de los Ron. Tiene origen en el siglo XV, aunque fue reformado en el XVII, y muestra cómo incluso una construcción señorial podía utilizar los materiales y las técnicas propias de la zona. Cuenta la tradición que un joven de Ibias apellidado Ron fue capturado y llevado a Argel.
Allí conoció a un moro expulsado de España que le reveló un secreto. Había dejado un tesoro oculto en una cueva de la comarca, pero solo podría encontrarlo quien hiciera sonar un cuerno ante la entrada. El joven logró regresar a Asturias, recorrió las cuevas de la zona tocando su cuerno y, al llegar a una de ellas, las vibraciones provocaron el desprendimiento de una roca. Detrás apareció un escondite lleno de barras de oro. Gracias a aquel tesoro, según la leyenda, nació la fortuna de los Ron.
La visita a Cecos se completa con una visita a las Bodegas Siluvio. Este viñedo se extiende sobre unas 7,5 hectáreas de terrazas en ladera con cepas que crecen entre fragmentos de pizarra. Ver esos bancales permite entender el esfuerzo físico que exige la viticultura de montaña.
La pizarra, que protege las casas, aparece también en los suelos donde se cultiva la vid y forma parte del carácter del vino y de la dificultad del trabajo que, por cierto, tiene un añadido animal ya que por esa zona pudimos ver restos de excrementos de osos y nos confirmaron que de vez en cuando bajan hasta los viñedos.
En Cangas del Narcea, seguimos mezclando la arquitectura negra de Asturias con el cultivo de la vid y para ello visitamos el Museo del Vino, que ofrece una lectura contemporánea de esta misma tradición. El edificio tiene forma elíptica y se inspira en la maniega, la cesta de madera trenzada utilizada para recoger racimos durante la vendimia.
Sin renunciar a una arquitectura actual, utiliza mampostería, madera y revestimientos de pizarra negra para integrarse en el barrio tradicional de Santiso. Es un buen ejemplo de cómo los materiales locales pueden dialogar con nuevas formas sin perder el vínculo con el paisaje.
En esta parte de la ruta también hay espacio para descubrir oficios. En Posada de Rengos, Navajas Ponce mantiene viva la tradición cuchillera del suroccidente asturiano. Sus piezas combinan acero con maderas como boje, brezo, tejo, roble o castaño. Algunas incorporan materiales más exóticos como los huesos o colmillos de búfalo o mamut, pero el vínculo con los bosques del occidente sigue presente.
Y en Vega de Pope, un antiguo molino hidráulico recuerda la importancia del agua para moler cereal y sostener la economía rural. Tuvimos la suerte de conocer a los propietarios que estaban por allí limpiando el molino y escuchar sus historias, lo que ayuda a entender que este patrimonio no está hecho solo de edificios, sino también de personas que han mantenido vivas formas de vida muy antiguas.
El Alto del Palo, Besullo y Quirós, arquitectura negra en Asturias para proteger y reunir
Antes de llegar a Besullo, el Alto del Palo obliga a detenerse. Este puerto de montaña, situado a más de 1.100 metros de altitud, ofrece uno de los tramos más intensos de la ruta. Las carreteras se estrechan, el paisaje se vuelve más abierto y se entiende de golpe por qué las casas de esta parte de Asturias necesitaban muros robustos y tejados pensados para aguantarlo todo.
En ese punto se encuentra La Chabola, una parada que merece entrar en el artículo no tanto por su deliciosa cocina, que tendrá su espacio en el reportaje gastronómico, sino por su relación con la arquitectura de refugio. El propio nombre remite a las antiguas alberguerías de piedra y pizarra donde arrieros, viajeros y peregrinos podían guarecerse si una ventisca, la nieve o la niebla les sorprendían al cruzar el puerto.
Es un lugar pequeño, pero resume muy bien la relación entre arquitectura y supervivencia en las montañas del occidente. Aquí no se construía para impresionar. Se construía para que el edificio siguiera en pie cuando el tiempo se pusiera serio. En su interior parece no haber pasado el tiempo, sus actuales propietarios forman una saga de atender y dar de comer al viajero -de manera un tanto recia, como el invierno de la zona-, rodeados de recuerdos del siglo pasado que se conservan a la perfección, con especial atención a la increíble barra y su colección de decenas de licores artesanos.
Besullo continúa el recorrido entre laderas, castaños y construcciones tradicionales. El pueblo conserva casas de piedra, tejados de pizarra y hórreos de estilo occidental. Estos hórreos se levantan sobre pegoyos de piedra, pilares que ayudan a proteger el grano de la humedad y de los animales. Son estructuras aparentemente sencillas, pero reflejan una enorme inteligencia práctica.
Este pueblo, tiene además una historia cultural muy particular. A finales del siglo XIX fue uno de los pocos focos de protestantismo y alfabetización de la España rural. En la entrada de la aldea está el Centro de Recepción de Visitantes Alejandro Casona, dedicado al dramaturgo de la Generación del 27 que nació aquí en 1903. El espacio reúne objetos, manuscritos, primeras ediciones y carteles de estrenos, especialmente relacionados con su exilio en Argentina. Es una visita que añade algo de literatura y recuerdos a una ruta que, hasta ese momento, parecía hablar sobre todo de piedra y pizarra.
Siguiendo el viaje, en el camino aparecen aldeas como Berducedo, Carballo o Lago, donde sobreviven hórreos, cubiertas de pizarra y ejemplos de arquitectura popular. Son lugares de paso, sí, pero no simples trayectos entre puntos principales. Conviene mirar por la ventanilla porque el paisaje se va llenando de detalles que no siempre salen en las guías.
La ruta alcanza después Quirós, en los Valles del Trubia, donde la arquitectura de montaña se mezcla con la memoria industrial. El Museo Etnográfico de Quirós está instalado en una antigua plaza de abastos levantada sobre restos de altos hornos del siglo XIX. El edificio y su interior resume la evolución del valle, que pasó de una vida principalmente campesina a una economía marcada también por el carbón y el hierro.
El día (y el viaje por la arquitectura negra de Asturias) termina para dormir en San Salvador de Quirós pero antes nos acercamos a Las Agüeras donde aparece La Pimpana, un antiguo chigre-tienda recuperado como espacio de encuentro. No es arquitectura negra en el sentido estricto de Pelorde o Argul, pero sí forma parte de la cultura rural que sostiene este artículo.
Los chigres-tienda combinaban bar, venta de productos básicos y punto de reunión para los vecinos. La Pimpana mantiene esa doble función con una estética cuidada y contemporánea, pero sin perder el espíritu de esos locales que daban servicio a pueblos pequeños.
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La arquitectura negra de Asturias, una lección de adaptación
La arquitectura negra de Asturias es mucho más que una imagen bonita de piedra y pizarra. Es la respuesta de varias generaciones a un territorio de montaña, lluvias, inviernos duros, nieblas y caminos que durante siglos hicieron difícil cualquier desplazamiento. Cada tejado inclinado, cada muro de mampostería, cada hórreo y cada pasadizo responde a una necesidad concreta. La belleza llegó después, casi como una consecuencia natural de haber construido bien.
Boal, Pelorde, Argul, Grandas de Salime, Cecos, Cangas del Narcea, Besullo y Quirós muestran capítulos distintos de esa historia. En Boal, la pizarra se mezcla con la arquitectura indiana. En Pelorde y Argul se presenta de una manera más pura y más ligada a la pendiente, al clima y a la vida campesina. En Grandas de Salime, el museo permite entrar en las casas y entender cómo se vivía en ellas. En Cecos y Cangas del Narcea, la pizarra se relaciona con viñedos, bodegas y arquitectura contemporánea. En Besullo y Quirós, aparecen los hórreos, los oficios y las viviendas que explican la vida rural desde dentro.
Este recorrido forma parte de un viaje por Asturias en el que arquitectura negra e indiana se cruzan de manera constante. Una habla de quienes regresaron de América con dinero, nuevos gustos y ganas de dejar huella (lo puedes leer aquí). La otra habla de quienes construyeron sus casas con lo que la montaña les ofrecía y con la experiencia acumulada de generaciones. Son paisajes muy distintos, pero ambos cuentan Asturias desde sus pueblos, sus edificios y las historias que permanecen detrás de cada puerta.
La mejor manera de recorrer esta zona es sin prisa. Hay que detenerse en los pueblos pequeños, caminar, mirar los tejados, entrar en los museos, asomarse a los miradores y bajar la ventanilla en los tramos de carretera donde el paisaje parece no necesitar explicación. Porque la arquitectura negra de Asturias no se entiende solo mirando una casa. Se entiende al recorrer el territorio que la hizo necesaria.
Este artículo se completa con (haz clic en el artículo que quieras leer):
– Ruta por la arquitectura indiana de Asturias
– Ruta gastronómica por la gastronomía indiana y de arquitectura negra
– Dónde dormir en tu viaje por la Asturias indiana y de arquitectura negra
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