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El Rajastán: Un templo lleno de ratas y una ciudad de oro

Episodio 5

Bruno Lakkika

Tras mis primeras experiencias en Delhi, gracias a los seis días que tardé en conseguir un billete de tren que diese salida a mi viaje por India, puse rumbo a Rajastán con Jaisalmer como primer destino.

Literalmente “Tierra de Reyes”, Rajastán es el estado más extenso de los que forman India. Esta zona es uno de los principales destinos turísticos del país y sin duda contiene el mayor número de “ciudades interesantes” para visitar en unas vacaciones. Eso sí, seguramente no serán unas vacaciones tranquilas y quizá no muy buena opción como viaje iniciático por tierras indias o asiáticas.

La ciudad rosa de Jaipur, la azul de Jodhpur, la Venecia del este o Udaipur, la ciudad santa de Pushkar o el templo de las ratas de Bikaner, son algunas de las llamativas localizaciones que ofrece el estado de Rajastán a los viajeros. Yo iba a empezar por el oeste. Por Jaisalmer y su templo dorado en las puertas del desierto.

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Una parada en el Templo de las Ratas

18 horas en tren separan Delhi y Jaisalmer. Decidí hacer una parada en el camino y visitar Bikaner y el famoso templo de las ratas. Si lo que os conté sobre la noche en Delhi y sus roedores nocturnos  (también lo pudisteis ver en vídeo) os dejó mal cuerpo, mejor no busquéis información y vídeos sobre este templo.

Miles de ratas ocupan el lugar y lo hacen su casa mientras los visitantes caminan entre ellas descalzos. Es un lugar no apto para susceptibles. También es cierto que estos animales no generan situaciones de peligro para el turista, pero hay un gran porcentaje, tanto de autóctonos como de turistas, que parecen no estar muy a gusto compartiendo espacio con tal cantidad de roedores.

Por lo que a mí respecta, en cuanto pude salir del templo lo hice. Me gustan los animales, pero admito que soy un tanto clasista en este aspecto y las ratas y las serpientes no son de mi agrado. Tuve suficiente cuando una pandilla de cinco ratas rodeó a una mujer para quitarle el naan (pan) que llevaba envuelto en una servilleta.

Aunque todos trataban de mantener una cierta normalidad y tolerancia ante las diferentes situaciones que ocurren en un lugar lleno de turistas y a su vez, más lleno aún de roedores, en algunos (muchos) rostros se adivinaba cierta intranquilidad o malestar. Los indios son muy orgullosos y no cabía la posibilidad de que un extranjero sobrellevase mejor la situación que ellos. Pero lo mío era puro teatro.

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En tren por el Rajastán camino de Jaisalmer

Una vez de nuevo en el tren, y tras darme cuenta de que me habían robado las chanclas que llevaba colgadas en la mochila en un descuido (qué haría alguien con unas chanclas de la talla 47), supe que este transporte (una de las mayores redes de ferrocarriles del mundo) me iba a dar tantas alegrías como desgracias en mi viaje por India.

Alegrías por las situaciones y oportunidades de conocer nueva gente y compartir experiencias, y desgracias que ya veremos más adelante. Viajar en tren en India es algo que debe hacerse unas cuantas veces a lo largo de la vida. Por el norte, por el sur, el este y el oeste, la vida en el caballo de hierro, como se diría en otro tiempo y en otro lugar, es toda una experiencia que trataré de ir contando según avance el viaje.

Comí algo que había comprado en un puesto callejero una vez perdido todo el miedo a la comida india y le pedí un chai a un niño que iba vendiendo esta deliciosa bebida entonando una pegadiza canción por los vagones del tren. Viajaba en Second Class, todo un lujo superado únicamente por la Primera Clase que nunca llegué a probar. Seis camas en dos filas de literas y dos camas más en el pasillo por compartimento, ventanas cerradas, aire acondicionado, unos materiales algo más confortables y una mayor limpieza comparada con las clases más baratas de las que me hice habitual según iba descubriendo el país.

Durante el día, las literas suelen estar plegadas de forma que los seis ocupantes del compartimento se sientan en las dos camas que se encuentran más cerca del suelo como un tren normal. Es al caer la tarde cuando uno decide que quiere abrir su cama para tumbarse y disfrutar de mayor intimidad en su colchón, pues cada cama tiene una cortina con la que crear un microespacio donde leer, escribir o mandar mensajes a sus seres queridos sin sentirse observado. De esta manera, no queda otra opción que convertir el compartimento del tren en un hostel de habitaciones compartidas.

Comida, ronquidos y un sueño profundo

Frente a mí, unos amigos indios se dirigían también a Jaisalmer. No hablaban inglés, así que la comunicación se basó en unas cuantas sonrisas y algunos selfies para sus cuentas de Facebook: “Aquí estamos, con nuestro amigo de España”. Fue en este primer viaje en tren donde descubrí su gusto por los eructos y aprendí a comer como ellos. Adiós cubiertos, adiós boca cerrada mientras masticas y adiós complejos creados en una sociedad “más culta y educada”.

Comer es algo que en India es un auténtico placer, y en muchas ocasiones, todo un privilegio. Platos elaborados con más especias que en la estantería de los ultramarinos del señor Salgado del humilde barrio donde crecí y alimentos sanos y naturales que te ponen rápido en tu peso, ahora que tanto importa la imagen. Puede que sea difícil, pero si tienes la suerte de probar platos tradicionales y bien elaborados, es muy probable que su cocina se abra un hueco importante en tu paladar.

Es una gozada verlos comer en el tren. Todos juntos compartiendo sus platos. Hablando unos, riendo otros y en silencio alguno. La forma de disfrutar la comida pasa primero por usar la mano para comer. Dejamos esos utensilios creados hace siglos por el hombre moderno y volvemos a nuestros orígenes. El primer día cuesta y es extraño. El segundo día ya estás encantado de hacerlo. Y a la semana renegarás de los cubiertos como reniegas de tu ignorancia viajera cuando compartes conversación con otros viajeros.

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Llegada a Jaislamer. Ya estoy en el camino

Unas cuantas horas y ronquidos después, llegué a mi destino. Había dormido sorprendentemente bien. Aún quedaba en mi vagón alguno de los rostros que había visto el día anterior. El resto había desaparecido. Creía que el trayecto era directo. Pero no debió serlo.

Otra opción que se me pasó por la cabeza fue que el revisor echó a aquellos que no tenían billete o los mandó a la clase correspondiente a su ticket. Allí no se andan con tonterías. Sacar un billete de tren en India, como podéis imaginar no es una tarea sencilla. Lo más fácil e indicado es usar la aplicación de teléfono creada para ello. Puede parecer un poco complicada, pero se termina manejando. Otra opción es acudir a las taquillas de la estación y si hay una ventanilla específica para el turista hacer buen uso de esa facilidad. Si no la hay, sólo te queda utilizar tu infinita paciencia y confiar en la suerte.

Estaba cerca de Pakistán y me rondaba la idea de acercarme hasta allí y visitar su capital, Islamabad, como la canción de Los Planetas que siempre quisieron estar a mi lado en el viaje.

Esto suele ocurrir muy a menudo cuando viajas sin un destino concreto y tienes todo el tiempo del mundo para cambiar o crear tus planes según te dé el aire. Me lo pensaría mientras descansase en el hotel. De momento, me tomé un chai que otro niño diferente al de la noche anterior iba vendiendo al grito de “chai chai chai” y me dispuse a recoger todas mis pertenencias tras haber dormido “atado” a ellas. No podía permitirme perder más, pues encontrar ciertos artículos y ciertas tallas en este país iba a ser una tarea muy complicada.

A la salida del vagón, mis archienemigos en este viaje, los conductores de tuktuk, se abalanzaron sobre mí peleándose entre ellos por llevar a un incauto turista al que lógicamente podrían sacar 10 veces más de lo que cobraban habitualmente a un ciudadano de India. Pero no saben con quién trataban. Ya estaba bregado en mil batallas por todo el mundo con este gremio, que como me di cuenta después, en India alcanzan un nivel superior.

Tras una fuerte lucha y discusiones con mis enemigos, conseguí averiguar el autobús local que se dirigía al centro de la ciudad, y gracias a las aplicaciones offline de mi móvil, encontré el hotel que había reservado el día antes. La cosa mejoraba respecto a Delhi: 5 euros la noche, cama limpia y sin humedad en las sábanas, piscina, terraza con vistas al fuerte de Jaisalmer y muy silencioso.

Era hora de descansar y planear las actividades que iba a realizar en “La Ciudad Dorada” y al mismo tiempo seguir preparando los avances en mi camino.

ESCRITO POR:
Bruno Lakkika

Escritor, periodista y viajero que consiguió llevar a cabo el sueño de muchos de nosotros: vivir viajando.

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